Militancia política y feminismo: rutas desafiantes para mujeres militantes

Gloria Ochoa Sotomayor

Vicente Ríos López* *

 

Resumen

El artículo es una indagación en la militancia política y la forma en que las mujeres se relacionan con el feminismo en dos generaciones de militantes en Chile. Se analizaron entrevistas en profundidad con un enfoque biográfico a ocho mujeres de dos generaciones. La primera, corresponde a mujeres con militancias políticas en las décadas de 1960 y 1970, y luego del golpe de Estado de 1973. La segunda son mujeres con militancias políticas de mediados de los 2000 y activas al momento del estallido social del 18 de octubre de 2019. Se utilizó una metodología cualitativa, un enfoque interpretativo y un diseño no experimental. Se describe una breve historización sobre las mujeres y la participación política desde comienzos del siglo XX hasta la actualidad en el país y se analiza la relación que las mujeres establecen con el posicionamiento político sexo-genérico como mujeres y el feminismo en sus trayectorias militantes, los obstáculos que han encontrado en los partidos políticos y las principales estrategias de resistencia que han desarrollado para continuar con su militancia.

 

Palabras clave: militancia política, feminismo, izquierda, mujeres, resistencia

 

 

Political militancy and feminism: agreements and disagreements in women militant’s trajectory

 

Abstract

The article is an investigation into political militancy and the way in which women relate to feminism in two generations of militant women in Chile. In-depth interviews with a biographical approach were analyzed with eight women of two generations: a first generation of women with political activism in the 60s and 70s and after the coup d’état of 1973. The second generation of women with political militancies in the mid-2000s and are active at the time of the social outburst of October 18, 2019. Based on a non-experimental design and interpretative qualitative methods were used. A brief historicization of women and political participation from the beginning of the 20th century to the present in the country is presented, and it’s analyzed the relationship that women established with the sex/gender political positioning as woman and feminism in their militant trajectories, the obstacles that had found within the political parties and the main resistance strategies that have been developed to continue with political militancy.

 

Keywords: political militancy, feminism, left-wing, women, resistence

 

 

 

Introducción

Esta reflexión se plantea como una indagación en la militancia política y su articulación con el sujeto político mujeres y el feminismo en dos generaciones de militantes en Chile, al interior de estructuras políticas específicas: partidos o colectivos. Entendemos militancia política como la adhesión activa a un partido, movimiento u organización política, y como una práctica que media lo político y lo social. El interés en esta articulación surge de una investigación en torno a las prácticas de resistencia que las mujeres desarrollan en distintos espacios de participación desde su posición de género o generizada, particularmente en dos momentos. El primero vinculado a la resistencia a la dictadura militar, periodo caracterizado por una fuerte represión y persecución política a sus opositores. El segundo, determinado por el cuestionamiento al modelo económico y político imperante con posterioridad a 1990, periodo pos dictatorial que mantiene el modelo neoliberal implantado en la dictadura, que presenta una fuerte crisis de legitimidad a partir de las movilizaciones de la década del 2010 siendo su mayor expresión el estallido social del 2019[I]. En dicha investigación emerge la relación entre feminismo y militancia política la que puede presentar tensiones -como se observa en las militantes en partidos políticos en la década del 1960 y 1970- o ciertas articulaciones no exentas de cuestionamiento en las estructuras partidarias convencionales -como lo viven las nuevas generaciones en un contexto fuertemente influenciado por la denominada cuarta ola feminista[II]-. En ambos casos, esta articulación/tensión puede ser entendida como una estrategia de resistencia en el ámbito de una acción política masculinizante y heteronormativa en el cual las mujeres deben desplegar su militancia.

Entre las prácticas de resistencia identificadas se observa cómo las mujeres deben posicionarse en las estructuras políticas (partidos o colectivos) en las que se instalan, a veces invisibilizando sus propios intereses y necesidades como mujeres y como mujeres militantes, pero también -particularmente en las nuevas generaciones- deben defender en esa estructura su propia posición sexo-genérica en general, y en algunos casos feminista en particular. Por lo anterior, esta reflexión se enmarca en el intento por remirar y reconocer la forma en que las mujeres se plantean y constituyen como sujetas políticas desde sus espacios de militancia, y cómo en esa práctica el feminismo se devela como una articulación posible y una tensión permanente al interior de espacios no necesariamente feministas.

Según la literatura, el movimiento de mujeres en Chile de finales del siglo XIX estuvo centrado en la consecución de derechos básicos de ciudadanía, como los educativos, jurídicos, laborales y electorales (Maravall, 2012) buscando igualar la condición de sujetos políticos con el hegemónico, es decir, el varón blanco y propietario, ya que las mujeres -junto a otros sujetos- habían sido excluidas del estatus de ciudadanas a través de las condiciones impuestas para el sufragio y por medio de las definiciones de género que las relegaban al trabajo doméstico y de cuidado (Iglesias, 2010), alejándolas de la vida política propia de los hombres. Las mujeres fueron concebidas en tanto ciudadanas como madres y protectoras de la moral y las buenas costumbres, así como perpetuadoras del modelo familiar en el que la sociedad patriarcal y capitalista se sostenía. Aunque las mujeres durante el capitalismo han tenido importancia pública como trabajadoras, en este modelo la distinción entre lo público y lo privado relegó a las mujeres al hogar, lo que implicó una distinción en su valoración sociocultural y política a partir de diferencias sexo-genéricas, que llevaron a que la lucha de las mujeres apuntara a alcanzar un estatus igualitario como ciudadanas y como trabajadoras, ejes de lucha que no siempre se presentaron articuladamente. De esta forma, en las militancias políticas de las mujeres el clivaje sexo-genérico y el de clase, por ejemplo, han estado en tensión, en particular en los partidos que se identificaban con la lucha de clases -donde la opresión de las mujeres se superaría con la emancipación de la clase trabajadora- y también en los más conservadores, donde la ciudadanía femenina fue relegada al hogar. En ambos casos, la lucha feminista por la emancipación de las mujeres tensionó los presupuestos heteronormativos del sentido de la política y del rol de las mujeres en ella (Kirkwood, 1985; Iglesias, 2010; Hiner, 2015).

La tensión señalada también se manifiesta, aunque de forma distinta, en las dos generaciones de mujeres en las que indaga esta reflexión. Ambas generaciones son consideradas porque su experiencia militante se da en un contexto icónico en términos sociales, culturales y políticos en la sociedad chilena. Por un lado, el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende y el posterior advenimiento de la dictadura cívico-militar en el año 1973. Por otro, el nuevo ciclo de movilización social y política que se inicia en el año 2011, que tiene como antecedente la revolución pingüina[III], y cuya máxima expresión es el denominado estallido social o revuelta de octubre de 2019. El acercamiento a la militancia política de estas mujeres tiene como punto detonante los contextos en que esa militancia ocurre. Dicha observación devela en ambos casos el encuentro, la tensión y articulación de esa experiencia militante con un sujeto político sexo-genéricamente constituido, como las mujeres (y a veces invisibilizado) y el feminismo. Esta situación muestra diferencias en ambas generaciones, aunque mantiene el carácter de relación problemática con la militancia partidaria, a pesar del avance del feminismo en los últimos años.

Por lo anterior, se plantea la pregunta por cómo las mujeres militantes de partidos políticos articulan su posicionamiento político como militantes y el feminismo en su trayectoria, y la forma en que la militancia política, la reivindicación como mujeres y el feminismo da sentido a su propio ser como sujetas políticas. Para abordar la indagación se utilizó una metodología cualitativa, un enfoque interpretativo (Valles, 1999), y un diseño no experimental. A través de este abordaje, se buscó comprender y profundizar en la perspectiva de las mujeres y su visión sobre el hecho estudiado, opiniones y significados atribuidos a dicha experiencia. Se analizaron entrevistas en profundidad con un enfoque biográfico a ocho mujeres de dos generaciones: i) la generación que inicia su militancia política en las décadas de 1960 y 1970, y que continúan en ella con posterioridad al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, y ii) la generación que inicia su militancia política en la primera mitad del 2000 y que se encuentran activas al momento del estallido social de octubre de 2019[IV]. Se consideró como militancia política aquella participación en partidos o movimientos políticos, reconocidos formalmente o no y que se encuentran en lo que se podría denominar el eje de izquierda del espectro político. La investigación fue concebida como un proceso iterativo, de revisión permanente, lo que en el desarrollo fue transformando la aproximación de la autora y el autor y nos permitió ahondar en lo estudiado con nuevos elementos y conocimientos, nutriendo la propia investigación a lo largo del tiempo y configurando la visión que se presenta a continuación.

Las mujeres como militantes en Chile

Las mujeres en el movimiento por los derechos civiles y políticos

Desde fines del siglo XIX e inicios del XX surgen voces disidentes y organizaciones de mujeres por la defensa de los derechos civiles y políticos. La presencia de las mujeres se percibe de manera anónima en los medios obreros con la formación de los Centros Belén de Zárraga que participan de la lucha social, en huelgas y manifestaciones, e interesándose por las problemáticas de las mujeres; y en medios intelectuales como la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. En este periodo se crearon agrupaciones de diversos orígenes sociales, económicos y políticos, que no siempre se reconocieron como feministas ni sufragistas, pero sí como iniciativas de mujeres organizadas y preocupadas por su condición, como el Círculo de Lectura (1915) iniciativa de Amanda Labarca, militante del Partido Radical y líder en la lucha por el sufragio femenino; el Club de Señoras (1916), fundado por Delia Matte de Izquierdo, que tenía por objetivo mejorar la condición cultural de las mujeres de clase alta; y el Consejo Nacional de Mujeres (1919), donde comienza un debate feminista que terminará con un proyecto de derechos civiles y políticos de las mujeres, además de presionar por otros derechos relacionados con la maternidad, la herencia y el trabajo. Ese mismo año se crea el Partido Cívico Femenino, autónomo e independiente de agrupaciones políticas y religiosas, que en 1922 se propone conseguir las reformas legales para el voto y los derechos civiles de las mujeres y mejorar su condición y la de sus hijas e hijos; se forma también la Unión Cívica Femenina, que logró que las mujeres participaran en las elecciones municipales de 1934 (Kirkwood, 1986; Maravall, 2012) y en 1935 nace el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres (MENCH), concibiendo la emancipación de la mujer de forma integral no solo electoral (Maravall, 2012). Además, con la caída de la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931), comienza un periodo de recuperación democrática en Chile y de lucha contestataria en general, que finaliza con la incorporación político-ciudadana y el derecho a sufragar de las mujeres en todas las elecciones en 1949 (Kirkwood, 1986; Juntas en Acción, 2020). A este auge democrático le sigue un periodo de breve participación política, con la conformación de partidos políticos femeninos autónomos, y su posterior decaimiento en 1953.

Por otro lado, en paralelo a la obtención del voto femenino, surge una arremetida reaccionaria de mujeres en defesa de la familia, los valores cristianos y el anticomunismo. La participación política era conservadora: el voto de las mujeres por la izquierda no alcanzaba el 30% y la militancia en los partidos no fue mayor al 10%. Luego se produce la atomización del movimiento y la disolución de organizaciones, salvo aquellas de carácter caritativo o asistencial. Durante este periodo declina la participación de las mujeres y éstas se involucran en los “departamentos femeninos” y algunas “asambleas de mujeres” dentro de los partidos políticos. Asimismo, se abandona el concepto feminista y se establece la “liberación social” como necesidad histórica, lo que relega la liberación de las mujeres a un segundo plano (Kirkwood, 1986). Esta pasividad política femenina se rompe con el surgimiento del Partido Demócrata Cristiano (PDC)[V], que proporciona una ideología religiosa-secularizada, de corte conservador, pero con aires progresistas que, una vez instalado en el gobierno, incorporará a las mujeres a través de los Centros de Madres (CEMAS)[VI].

Ebullición social y participación de las mujeres

En la década 1960-1970, la participación política en general y de las mujeres en particular se acrecentó por las condiciones nacionales e internacionales del periodo, donde procesos revolucionarios como el cubano, inspiraron a las juventudes y anunciaron aires de cambio, y a su vez activaron la reacción conservadora. En este contexto, las mujeres chilenas tuvieron una participación activa en los movimientos sociopolíticos de la época (Bambirra, 1971; Hiner, 2015; Iglesias, 2010; Maravall, 2012), incluida la movilización de las mujeres de derecha[VII].

Las mujeres de izquierda participaron de partidos políticos, grupos armados, organizaciones de base en las poblaciones, centros de madres y sindicatos de campesinos y obreros que apoyaban a la Unidad Popular. El rol que ocupaban dentro de estas organizaciones fue entendido desde “lo femenino” y sin un cuestionamiento al lugar de las mujeres dentro del hogar y su labor en la crianza y cuidado de la familia, sin una reflexión crítica respecto a la opresión o limitación de sus posibilidades de acción que esa función significaba, ni un análisis del valor del trabajo no remunerado de las mujeres. En el gobierno de la Unidad Popular no se comprendió y/o reconoció la intersección entre clase y género lo que llevó a no cuestionar de forma significativa el orden tradicional de la familia y el rol de las mujeres en ella (Bambirra, 1971; Hiner, 2015, Maravall, 2012). La liberación de la mujer se planteó dentro del proyecto socialista, y su aporte a la causa fue como madres educando a las futuras generaciones y como buenas esposas apoyando a sus maridos obreros (Hiner, 2015). Las demandas de las mujeres y las expresiones feministas se encontraban subsumidas en las de organizaciones sociales, sindicales, gremiales y de los partidos políticos y su participación estaba sujeta a políticas decididas por direcciones formadas por hombres (Iglesias, 2010).

En esta época, el perfil de las mujeres que participaron de partidos políticos de izquierda fue variado: fueron militantes en el Partido Socialista (PS)[VIII], el Partido Comunista (PC)[IX], o el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)[X]. Las mujeres tanto del PS como del PC tenían perfiles más públicos y eran reconocidas como mujeres políticas, en contraste con las mujeres que pertenecían al MIR, ya que éste era una organización que pasó a la clandestinidad en 1969. Es importante mencionar, que los grupos de tendencia revolucionaria fomentaron la participación de las mujeres en sus filas, pero exigieron el abandono de la subjetividad marcada por el sexo y el género, así como de los estudios, la familia, la ciudad, el país, la pareja y las y los hijos en función de la revolución. Por ello, la participación de las mujeres implicó una trasgresión al sistema sexo-género hegemónico. Aunque el tránsito de la feminidad hacia el perfil guerrillero estuvo marcado por una pretendida igualdad, en la práctica significó un mayor sacrificio para las mujeres, pues tuvieron que supeditar el espacio privado a la política armada y aun así mantener las responsabilidades sexo-genéricas convencionales. Incluso, una vez fracasado el proyecto revolucionario, al reincorporarse a la vida cotidiana fueron juzgadas con mayor dureza que sus pares varones por abandonar del rol de madre y esposa (Morales, 2015; Robles, 2015; Robles, 2019; Vidaurrázaga, 2015; Vidaurrázaga y Ruiz, 2018; Vidaurrázaga, 2020).

A pesar de que los movimientos sociopolíticos de izquierda no cuestionaron los mandatos de género y la participación estuvo constreñida a la definición convencional de ser mujer, el proyecto socialista permitió un importante nivel de participación de las mujeres (Hiner, 2015). Al respecto, se calcula entre quinientas mil y un millón de mujeres organizadas en los movimientos sociales y los partidos de diversas tendencias políticas hacia 1973 (Iglesias, 2010).

Con el golpe de Estado se inicia un periodo que se caracteriza por una ruptura en la vida de las personas y la negación de la participación social y política en general. La dictadura militar orientó políticas concretas de ideologización y socialización de las mujeres según patrones de género convencionales, ello en el marco de lo que sería el modelo neoliberal por implantar. Por un lado, fueron concebidas como agentes esenciales del consumo en una economía de mercado. Por otro, fueron enmarcadas en un rol de madre-esposa como cuidadora de las próximas generaciones y del proyecto de nación (Kirkwood, 1986; Iglesias, 2010).

En este contexto ocurrieron cambios en la situación de las mujeres, como la introducción de la pastilla anticonceptiva y la consecuente disminución de hijas e hijos por familia, la minimización de la importancia de la virginidad antes del matrimonio, la posibilidad de tener pareja extramarital y la inserción de las mujeres a la educación universitaria y el trabajo asalariado. Sin embargo, la izquierda rechazó el feminismo que se desarrollaba en Estados Unidos y en los países del norte por ser una teorización burguesa y foránea, que no se relacionaba con los imperativos culturales populares, nacionales y antiimperialistas del momento (Hiner, 2015).

A pesar de esto, el movimiento feminista y de mujeres logró consolidarse como tal en organizaciones y protestas contra la represión y la dictadura, cuestionándose la condición sexo-genérica impuesta, denunciando el autoritarismo y el patriarcado en la familia y la sociedad, y evidenciando la falta de teorización política, económica y social como respuesta a la opresión de las mujeres. Estas mujeres reconocieron condiciones objetivas que se relacionaban con su marginalidad, y recuperaron experiencias de opresión y discriminación educacional, laboral y cultural. Esta conciencia colectiva sobre su propia condición las hace cuestionar los proyectos revolucionarios de la época y rechazar las concepciones políticas tradicionales (Kirkwood, 1986). Destaca en este periodo la organización temprana de los familiares de las víctimas de las violaciones a los derechos humanos y la creación de redes de solidaridad y denuncia, donde destacaba la capacidad organizativa de mujeres que asumieron la labor de búsqueda de sus familiares, amistades y compañeros de militancia (Peñaloza, 2011).

La continuidad de la militancia política post dictadura

En el periodo post dictadura destacan en la literatura referida a mujeres y militancias las investigaciones destinadas a la construcción de memoria de estas mujeres. Se pueden identificar líneas de trabajo que abordan la memoria como el medio por el cual se supera la invisibilización de las mujeres militantes de partidos políticos y su experiencia en torno al golpe militar de 1973, la consecuente dictadura y el tránsito hacia la democracia. Estas investigaciones versan sobre la militancia de mujeres en el MIR y en el FPMR[XI] y las dificultades y posibilidades para lograr un lugar en las organizaciones armadas que, a pesar de ser de izquierda, marxista-leninista y con un objetivo revolucionario, reprodujeron la dicotomización de las esferas público y privada del liberalismo y las jerarquías de género (Morales, 2015; Robles, 2015; Robles, 2019; Vidaurrázaga, 2015; Vidaurrázaga y Ruiz, 2018; Vidaurrázaga, 2020). Asimismo, se encuentran investigaciones centradas en la historia de las mujeres militantes y su experiencia dentro de las organizaciones partidarias, la experiencia de la persecución, secuestro, tortura, desaparición forzada, prisión y exilio político en el contexto de los regímenes autoritarios. Estas indagaciones recuperan las estrategias de resistencia desarrolladas dentro de los centros de tortura, y la experiencia en los años de reconstitución de la democracia, así como la forma en que han devenido sus militancias dentro y fuera de los partidos políticos y la participación en movimientos sociales (Ruiz, 2006; Peñaloza, 2011; Iglesias, 2015; Hiner 2015).

Durante la década de 1990 el escenario político cambia y la participación de las mujeres en los partidos también. Ruiz (2006) plantea que el debilitamiento del movimiento de mujeres tiene como causas el carácter pactado de la transición, el debilitamiento de los lazos sociales frente al consumo, el cansancio de las líderes del movimiento y la sensación de frustración y desencanto con el proceso. Al respecto, Hillary Hiner (s/f) describe dos categorías de mujeres militantes en función de la continuidad de su militancia en los partidos una vez terminada la dictadura. La primera categoría, mujeres que siguen siendo militantes, incluye principalmente a quienes son parte del PS, PC y algunas del Partido por la Democracia (PPD)[XII], el PDC y otros partidos más pequeños de centroizquierda, en menor medida. Dentro de esta categoría, distingue dos grupos: las “fieles” y las “díscolas”. Las “fieles” consiguieron puestos políticos y profesionales gracias a su lealtad y sus habilidades personales, y por no cuestionar al partido. Las autodenominadas feministas son vistas como “institucionalizadas”, vinculadas a políticas públicas de género de parte del Estado y el Servicio Nacional de la Mujer[XIII]. Las “díscolas” se plantean desde perspectivas críticas a los partidos y a sus compañeras, y desarrollan una doble militancia: en el movimiento feminista y en el partido, puesto que mantienen su participación partidaria y confían en su poder transformador para efectuar cambios.

La segunda categoría corresponde a las mujeres ex militantes de los partidos políticos y se divide en dos grupos: quienes dejaron sus organizaciones en un proceso largo y lento de desencantamiento y las que terminaron su militancia de manera brusca o producto de un hecho ajeno a ellas, como la disolución de sus grupos de militancia. Estas ex militantes son un grupo heterogéneo que va desde aquellas que reniegan de su activismo político de izquierda siendo apáticas con la política partidaria o incluso reconociéndose de derecha, y aquellas que encontraron en el activismo fuera de los partidos una alternativa progresista en el contexto de la democracia neoliberal. Muchas de estas mujeres son feministas que vincularon su activismo con movimientos sociales relacionados con la salud, la vivienda, la educación, el ambientalismo y los pueblos originarios (Hiner, s/f).

Militancia política y activismo en la actualidad

Hoy, la militancia en partidos políticos se encuentra en un proceso de deterioro en el que las formas de la política convencional carecen de significado para las personas en general y para las y los jóvenes en particular[XIV]. Asimismo, a pesar de que entre las personas que militan en partidos políticos existen mujeres, su inclusión en cargos de representación aún es baja[XV].

Por otro lado, las y los jóvenes construyen una diversidad de formas de actuar políticamente a partir de diversas adscripciones identitarias, identificándose una militancia no tradicional en respuesta a la crisis de representatividad política, buscando nuevas alternativas y formas de organización (Zarzuri, 2018). Estas militancias no tradicionales se encuentran en los colectivos políticos, las organizaciones autónomas y los movimientos sociales. Estos espacios se caracterizan por oscilar entre la institucionalización y la autonomía, la recurrencia a formas de lucha de las izquierdas, ser sujetos de acción a la vez que sujetos epistémicos y por el uso de internet como elemento clave en las convocatorias, participación y difusión (Garita, 2019), son agrupamientos no jerárquicos y muchos tienen la autonomía y la horizontalidad como valores y principios básicos (Gohn, 2017, en Garita, 2019).

La tensión entre las mujeres como sujetas políticas, estas nuevas militancias, y el paradigma heteronormativo de los partidos políticos convencionales, quedó en evidencia al interior del movimiento estudiantil del año 2011. En dicho movimiento se vislumbraba una crítica incipiente del feminismo y de las disidencias sexuales a la forma de hacer política en los espacios universitarios, la que correspondía a patrones masculinizados. Desde el año 2010 se vislumbran los primeros espacios de reflexión crítica, debido al surgimiento de las Secretarías de Género y Sexualidades en el contexto de la organización estudiantil[XVI]. A través de los espacios de discusión generados entre colectividades LGBTQIA+, secretarías de género y sexualidades, organizaciones feministas y organizaciones políticas, se politiza una situación de exclusión que se presenta polémica con la representación de las desigualdades sociales concebidas por el movimiento estudiantil hasta el momento, perturbándolas y reconfigurando su acción (Follegati, 2016).

Es así, como en un contexto en el que las protestas feministas se posicionaron alrededor del mundo, en Chile la ocupación de la sede Valdivia de la Universidad Austral, en abril de 2018, marcó un hito clave para una movilización feminista creciente en el espacio estudiantil, que trascendió dicho espacio y que ha dejado una marca en la sociedad chilena y en la acción política desde ese momento. Su presencia en la revuelta de octubre de 2019 fue central, por la presencia de las mujeres y sus organizaciones, y por los contenidos presentes en las protestas que relevan, entre otros, la gran consigna de muerte al patriarcado, lo que da un carácter particular a esta revuelta[XVII]. Las sujetas políticas que se evidencian en este movimiento muestran correspondencia con lo acontecido en el último tiempo, donde confluyen tres dimensiones: lo etario (juventudes), los movimientos feministas y de la disidencia sexual, y los movimientos sociales y activismos (el cruce con otros movimientos como los ambientalistas o territoriales). Esta situación lleva a que los partidos y organizaciones políticas, esta vez, deban ver a las mujeres como sujetas políticas, e integrar al feminismo y sus demandas en sus plataformas de acción, aunque esto no sea un proceso carente de tensión y con múltiples formas y apropiaciones no siempre acordes a las necesidades, intereses y demandas de las mujeres dentro y fuera de los partidos y organizaciones.

La sujeta política mujer en las militancias políticas de izquierda

En este apartado indagaremos en la militancia política y el posicionamiento como sujetas políticas y el feminismo en dos generaciones de mujeres militantes. La primera corresponde a una generación que inicia su militancia política en las décadas de 1960 y 1970, y la continúan con posterioridad al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. En ella se encuentran mujeres militantes de partidos tradicionales como el PC y el PS, y de partidos emergentes en la época y de mayor radicalidad como el MIR y el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU)[XVIII]. La segunda generación -que denominaremos generación actual- está conformada por mujeres militantes cuya militancia política comienza a mediados del 2000 e inicios del 2010 y están activas al momento del estallido social de octubre de 2019, entre ellas se encuentran militantes del PS y del PC, así como dos organizaciones políticas emergentes: Revolución Democrática (RD)[XIX] y Convocación[XX].

Entenderemos militancia como la adhesión activa a un partido, movimiento u organización política, y como una “práctica social que media entre lo político y lo social. Las personas militantes serán productoras de sentidos contra-hegemónicos que participan de la configuración simbólica de los intereses colectivos, disputando de manera sistemática y voluntaria el poder de construcción sobre la realidad colectiva” (Pirke, 2009 en Morales, 2015:81). A esta definición se agregan elementos como la cultura política, las identidades colectivas e individuales, la articulación en redes sociales e imperativos colectivos inconscientes y/o los vínculos afectivos, como puede ocurrir en partidos o movimientos de izquierda (Morales, 2015).

El interés por la actividad política de la primera generación se encuentra marcado por el contexto sociopolítico de la época, donde la transformación social y el proyecto de una sociedad nueva parecía posible, inspirado, a su vez, por lo que estaba ocurriendo en otros países de Latinoamérica como Cuba, con base en una ideología donde la superación de la desigualdad de clases resultaba el fundamento de toda transformación, siendo el sujeto revolucionario la clase trabajadora mirada como un todo homogéneo, sin mayor distinción de género, cultura o territorio. Relacionado con el contexto en el que se inicia la militancia, se encuentran también las circunstancias familiares y personales que incentivan la participación política, tales como: referentes familiares comprometidos políticamente o con determinadas causas sociales, la oposición a referentes familiares conservadores, las circunstancias sociales de pobreza de la familia, y el propio interés por vincularse con otros y ser parte de un esfuerzo colectivo mayor, es decir, salir del encierro dado por las condiciones personales de existencia en un marco de ebullición social. Algunas mujeres de la primera generación contaban con mujeres feministas en su familia que lucharon por el derecho a sufragio y que promovieron una perspectiva emancipadora a través de su desarrollo y crecimiento. Este constituye un antecedente para la posibilidad del propio desarrollo más allá de los límites sociales impuestos, aunque no necesariamente una unión o sintonía con la causa feminista como tal.

La generación actual se encuentra también en un contexto de movilización social y política determinado principalmente por el movimiento estudiantil que puso en cuestión el imperativo neoliberal en la educación, para luego expandir la crítica a una sociedad dominada por esa lógica y a un sistema político adormecido en el estatus quo que solo gestionaba un modelo productor y reproductor de desigualdades sociales. Algunas de las entrevistadas vieron en este escenario una motivación por acercarse a partidos políticos con vocación transformadora. Para otras, más que el contexto son los propios intereses, o su propia experiencia personal con la política, lo que las lleva a movilizarse, incluso a veces sin participar en las movilizaciones estudiantiles de la época en que cursaron sus estudios. Por ejemplo, la condición de clase de una de ellas, que contrasta con la condición acomodada de sus compañeras de colegio, es una de las semillas que marcan su interés; o, en el caso de otra, provenir de una familia acomodada es lo que determina una visión crítica de los privilegios que tiene, empatizando con “lo popular” o “el pueblo”. Algunas mujeres identifican como referentes a familiares que fueron parte de la lucha de las mujeres y/o del feminismo: trabajadoras sociales, pobladoras y militantes de partidos políticos. Otras identifican mujeres cuya militancia fue postergada por las responsabilidades de cuidado sexo-genéricas atribuidas a ellas. Por ello, su posicionamiento respecto a las demandas de las mujeres y el feminismo se da como un hecho determinado por las circunstancias actuales en las que se desenvuelven y donde la lucha de las mujeres es parte de todas las luchas y no algo externo o secundario.

La militancia en partidos políticos históricos e institucionalizados tanto de la primera generación como de la actual, se relaciona con antecedentes familiares y vinculaciones previas con ese partido, por el reconocimiento histórico y porque los vínculos familiares cumplen un rol importante en su decisión de ingresar a ellos, como en el caso del PS y del PC. Mujeres de ambas generaciones son críticas al partido, pero no abandonan sus militancias porque consideran que las transformaciones que buscan se consiguen a través de la disputa del poder institucional. Mientras que la militancia en partidos nuevos o emergentes ocurre porque no existe ese vínculo familiar con los históricos o porque existe desencanto respecto a ellos. Así, quienes no militan en partidos, pero lo hacen en los denominados colectivos, rechazan la adhesión a un partido porque no legitiman esa forma de acción política y creen en una afianzada en las bases populares, sin necesariamente vincularse con las demandas y rol de las mujeres en la sociedad.

En el contexto sociopolítico y encuadre de militancia de la primera generación, el horizonte de transformación social estaba determinado por la emancipación de clase, donde el sujeto trabajador era el eje articulador del sentido de la transformación y de las demandas. Por lo tanto, el mundo del trabajo, tradicionalmente masculino, era el predominante. Asimismo, la militancia política estaba determinada por la acción política masculinizada, donde la acción política y el sujeto político hegemónico respondía a lógicas heteronormativas de un varón heterosexual que se imponía frente a cualquier otra posibilidad. Por ello, las mujeres militantes debían responder a dicha forma masculinizada de hacer política, los espacios de mujeres o los temas de mujeres que se relegaban a “frentes femeninos”, que eran cargos dentro de la propia estructura partidaria, eran considerados de menor importancia e implicaban el cierre hacia alternativas políticas de desarrollo más valoradas. En este escenario, las mujeres manifiestan la propia invisibilización de género que asumieron para instalarse y legitimarse dentro del partido, ya que las formas femeninas o las demandas de mujeres eran secundarias y minusvaloradas por la predominancia masculina no solo simbólica, sino que también numérica en los partidos y movimientos. Las demandas de las mujeres en particular, y del movimiento feminista en general, resultaban ajenas en estas lógicas partidarias y para las propias mujeres al interior de ellas.

Las mujeres de la primera generación iniciaron una revisión crítica de las relaciones sexo-genéricas en la militancia y en la vida personal en el contexto del proyecto político transformador pos-golpe militar y en su necesaria rearticulación tanto en Chile como en el exilio. Ante las estrategias que debieron desarrollar en distintos momentos del periodo dictatorial -exilio en los primeros años de la dictadura, abandono del país luego de unos años de instalación de ésta, abandono de la opción revolucionaria armada avanzada la década de 1980 o la adaptación social en Chile durante todo el periodo-, llevó a que las mujeres, con distintos resultados, fueran un sostén político y doméstico para sus compañeros sin ser consideradas en la toma de decisión ni ser valoradas igualmente como militantes. Bajo esta perspectiva, estas mujeres cuestionaron las dinámicas políticas de los hombres y de los partidos en general, por lo que los varones interpelaron ese cuestionamiento y a ellas, bajo el argumento de que no estaban capacitadas para entender el proceso político y que no poseían las aptitudes necesarias para desempeñar cargos dentro de la organización, decidiéndose su suspensión hasta la evaluación correspondiente por superiores, lo que llevó a estas mujeres a abandonar sus partidos, enfocándose en nuevos horizontes de participación. Al mismo tiempo, algunas experimentaron relaciones abusivas con sus parejas y compañeros de militancia, lo que implicó un reconocimiento de la violencia de género que estaban viviendo y de las posibilidades de romper aquellos círculos viciosos con escasas redes de apoyo, lo que las llevó a buscar ayuda en otras mujeres que vivían situaciones similares en el exilio. Además, en el exterior y a través de instancias académicas y del contacto con organizaciones conocieron el movimiento de mujeres y sus demandas, para sentirse prontamente identificadas con él.

De esta manera, se observa que las mujeres militantes de la primera generación fueron ajenas a las propias demandas de mujeres y al feminismo mientras formaron parte de los partidos, salvo algunas excepciones que asumieron responsabilidades en las estructuras al interior de estos, bajo el marco de la lógica masculinizada predominante. Sin embargo, el quiebre político y biográfico que significó el golpe de Estado y la dictadura instaurada transformó su militancia y la forma de ver y relacionarse con los partidos. En el caso de algunas de ellas, el exilio significó generar estrategias de sobrevivencia que como mujeres sobrellevaron de una manera distinta a la de sus compañeros, tanto como parejas sentimentales y miembros de un mismo partido. Ellas enfrentaron la derrota y frustración de una manera que les permitió mirar críticamente lo que era ese proyecto político desde la perspectiva de las mujeres al observar las responsabilidades políticas y personales que asumían en Chile y las que debieron enfrentar en el exilio, que las relegaba al lugar simbólico y concreto de la cocina y no a la mesa de toma de decisión en la que se encontraban los hombres. Observar y tomar conciencia de ese hecho en un contexto social y cultural diferente, donde el feminismo tenía mayor arraigo -como en Europa- permitió a estas mujeres transformar su práctica y visión política, y transformarse en sujetas políticas desde su propia identidad y condición de género. Para algunas, este proceso fue inmediato, para otras la militancia en la resistencia a la dictadura las mantuvo en sus partidos, pero luego enfrentaron la misma situación ante la evaluación de la imposibilidad de la derrota armada al gobierno dictatorial, lo que a su vez evidenció que el acceso a la mesa de toma decisión política y partidaria para las mujeres resultaba siempre plagado de obstáculos. Ante lo cual también la lucha se transformó en la lucha por la participación y emancipación de las mujeres, y una crítica a las lógicas partidistas de las que fueron parte, algunas alejándose de los partidos y otras manteniéndose en ellos desde esa postura crítica. En esta generación, pareciera ser que las mujeres descubren el feminismo en la medida que fracasa el proyecto revolucionario, lo que se puede evidenciar en la siguiente cita:

“[En los partidos políticos revolucionarios] se produce una reflexión que está alimentada a través de la experiencia y el discurso de los oprimidos, pero no necesariamente la respuesta frente a eso surge de los propios oprimidos, que es lo que sí pasa en el feminismo. Si lees La revolución y nosotros que la quisimos tanto, de Cohn-Bendit, cuando pasa la ola de las revoluciones, todos los líderes caen en distintos caminos, desde la depresión hasta irse a hacer cualquier cosa, sin embargo, las mujeres casi todas están en el movimiento feminista, porque tú pasas a ser la protagonista del cambio y no pasas a ser la persona o el sector que organiza los cambios, pero sin que tú pertenezcas a todos los sectores.”[XXI]

 

En el caso de la segunda generación, a mediados de los 2000 e inicios de 2010, periodos de activación política en el marco de las movilizaciones estudiantiles, la acción política de las mujeres en las estructuras políticas aún se encontraba determinada por los criterios heteronormativos ya señalados sin presentarse alteraciones significativas a la situación descrita para la generación previa. Es a partir de las asambleas y espacios de reflexión estudiantiles del movimiento del 2011 donde estas lógicas empiezan a ser cuestionadas y a instalarse una crítica feminista y de las disidencias sexuales que enfrenta y tensiona las lógicas políticas convencionales (Follegati, 2016). Con el devenir del tiempo y con la movilización feminista del 2018 se observa una fuerte transformación, al menos discursiva, en las estructuras políticas tradicionales al respecto. La militancia de las mujeres de la generación actual está marcada por una mayor valoración y visibilización de las mujeres como sujetas políticas distintas a los hombres, y con una mayor aceptación en las estructuras políticas, aunque eso no significa la ausencia de tensión entre el paradigma heteronormativo de proyecto político y militancia y el emergente paradigma feminista y anti patriarcal que las estructuras políticas asumen por la fuerza del contexto social. En este sentido, si bien el escenario para las mujeres militantes parece más receptivo, no resulta exento de barreras que estas deben enfrentar en un contexto aún masculinizado.

Las mujeres de la segunda generación pertenecientes a los partidos tradicionales mencionan aspectos patriarcales y machistas relacionados con abusos de las posiciones jerárquicas para que las mujeres realicen tareas que no les corresponden, así como también la cosificación del cuerpo y la evaluación de las militantes según cánones de belleza, inteligencia e historial sexual, además de actitudes más sutiles y paternalistas para evitar que ejecuten trabajos que no se consideran apropiados para las mujeres, como el de seguridad e inteligencia porque los hombres son más confiables. Las mujeres de los partidos emergentes plantean diferencias en las labores partidarias: mientras los hombres se encargan de las direcciones y las coordinaciones internas del partido, las mujeres lo hacen desde los quehaceres ejecutivos y organizacionales, lo que implica trabajo en terreno, recolección de firmas, organización de congresos e incluso jefatura de campañas, pero en menor medida el protagonismo de esas candidaturas. Las mujeres militantes de colectivos políticos, sin embargo, plantean una mayor horizontalidad en términos de las relaciones entre hombres y mujeres. Al mismo tiempo, se observa que la demanda de la vida militante resulta muchas veces incompatible con la aun socialmente determinada responsabilidad de cuidados y labores domésticas de las mujeres, lo que lleva a algunas de ellas a disminuir su actividad política, abandonar esas responsabilidades sexo-genéricas atribuidas, aplazar la maternidad en pos de la militancia e incluso, cuestionarla, junto con la heterosexualidad y otras condicionantes sexo-genéricas. Sea cual sea el caso, se evidencia que los hombres pueden avanzar en la carrera política por estar culturalmente eximidos de esas responsabilidades y porque habrá una mujer que las asumirá por él. Esta condición de la militancia no se evidencia como algo que se discuta al interior de las estructuras políticas.

Para la generación actual, el feminismo y el sujeto político mujer es algo interiorizado en la mayoría de ellas, dado el contexto en el que sus militancias se desarrollan. Lo que no significa que en sus estructuras partidarias dicho sujeto político y las definiciones sexo-genéricas atribuidas a las mujeres hayan sido abordadas ni superadas las barreras que se presentan. Ellas han debido conjugar, complementar y enfrentar la tradicional militancia heteronormativa con las posturas que cuestionan esas militancias y que posicionan a las mujeres y al feminismo en las militancias y las demandas partidarias. Sin embargo, este abordaje no ha estado libre de tensiones personales y colectivas en sus partidos y organizaciones, ya que aún las mujeres deben enfrentar significativas barreras para lograr igualdad, empoderamiento y reconocimiento, en tanto militantes y sujetos sociales y políticos. En general, este cuestionamiento y esta tensión las mujeres lo hacen y enfrentan en sus partidos, con fidelidad al proyecto que este representa, pero también ha significado la ruptura con esas estructuras. Pareciera ser que las mujeres militantes de esta generación se desenvuelven en contextos feministas y se reconocen como tales, pero no abandonan el proyecto político de sus partidos ni se abocan a una militancia en las orgánicas feministas, sino que buscan, intentan o experimentan una confluencia de ambas identidades: la partidaria y la feminista, aunque algunas se plantean optar por la última, ya que el partido se muestra anquilosado en el paradigma heteronormativo.

Las militancias y las sujetas políticas

La primera generación de mujeres militantes se encuentra con el feminismo y se conciben a sí mismas como sujetas políticas en el momento en que fracasa el proyecto político del que formaban parte. En el caso de la generación actual, y en un contexto de desafección política, las mujeres jóvenes viven una militancia construida a partir de su propia identidad como sujetas políticas enmarcadas con el feminismo de época en el que se encuentran, pero en espacios políticos convencionales y emergentes no exclusivamente feministas.

A partir del relato de las mujeres consideradas en esta indagación, se observa que todas ellas han debido enfrentar la imposición patriarcal en sus espacios de militancia y en sus pares militantes, mujeres y hombres, y que han debido generar estrategias de resistencia de distinto tipo: las mujeres de la primera generación, vinculadas a los partidos tradicionales, luchaban para que las mujeres tuvieran acceso a jardines infantiles y salas cuna donde dejar a sus hijas e hijos, acceso a los estudios y puestos de trabajo, para que su desarrollo no se limitara al matrimonio y su estabilidad económica no dependiera de un hombre. De manera informal, y en el contexto del exilio, las mujeres se reunían entre ellas y conformaban círculos de lectura y autoformación para nivelar el conocimiento de las compañeras militantes con los hombres del partido. Asimismo, las militantes de la generación actual han tenido que visibilizar las desigualdades en el acceso y oportunidades en la formación política y la elección de cargos creando escuelas de formación política para mujeres y exigiendo cuotas de género para cargos internos. Tanto mujeres de la primera generación como algunas de la actual mencionan que los hombres denuestan las posiciones políticas de las mujeres y las adjudican a la relación con un hombre dentro de la organización y no a las capacidades que estas tienen para desempeñar el cargo. Si bien las mujeres tanto de la primera como actual generación cuestionan a sus partidos por motivos de género, sus posturas feministas están orientadas a reconfigurar y dotar de sentido el nombramiento de éstos como feministas y anti patriarcales. Por otro lado, las militantes de colectivos políticos comentaron procesos de quiebre y rearticulación debido al choque de ideologías entre el feminismo y el marxismo más ortodoxo, lo que devino posteriormente en la salida y una nueva búsqueda de colectivos desde donde articularse y trabajar con las bases populares.

A partir de la militancia política de las mujeres se puede observar la invisibilización del sujeto político mujer, y la tensión entre el proyecto partidario y las demandas de ese sujeto y el feminismo, en las trayectorias militantes y cómo ambos elementos se articulan según el contexto sociopolítico en el que ocurren. Es particularmente interesante como el sujeto político mujer y el feminismo para la primera generación se convierte en una opción y una vía de canalización de su interés político cuando el proyecto revolucionario del que eran parte se ve frustrado, y cómo ese hecho les permite cuestionar sus prácticas personales y partidarias respecto a las mujeres y a su propia experiencia de ser mujer y el mandato de género de la sociedad chilena y de sus partidos. En el caso de la generación actual, a pesar del contexto más receptivo a las demandas de las mujeres, aún al interior de los partidos existe tensión por el reconocimiento del sujeto político mujer y el feminismo, hecho que experimentan las mujeres entrevistadas. Así, a pesar de la narrativa feminista y anti patriarcal que se ha instalado en los partidos, en la práctica aún deben enfrentar prejuicios y decisiones que las relegan a un segundo plano o las juzgan por factores ajenos a la militancia y, al mismo tiempo, deben hacerse cargo de dotar de sentido estas narrativas feministas y patriarcales que los partidos han incorporado en el último período. Es interesante preguntarse por qué estas mujeres se mantienen en el partido y continúan sus militancias.

La revisión de la trayectoria de mujeres militantes de partidos políticos nos puede dar una idea al respecto. Las mujeres de la primera generación supieron resignificar sus objetivos de lucha al decidir ser parte del movimiento feminista, convirtiéndose a sí mismas en sujetas políticas. Sus acciones, de resistencia y sobrevivencia, y sus decisiones las convierten en antecedentes para la memoria del movimiento feminista y son parte del largo trayecto a través del cual el feminismo ha logrado posicionarse transversalmente en la sociedad chilena contemporánea. La generación actual se desenvuelve en un ambiente donde saberse sujetas políticas y feministas les entrega herramientas para resistir dentro de espacios que ellas aprecian, porque tienen confianza en los proyectos políticos de los partidos, además de un sentimiento nostálgico por las redes que han construido dentro de ellos.

Agradecimientos

Agradecemos a las mujeres que conversaron con nosotras y reflexionaron sobre sus experiencias y visiones de la militancia; a las encargadas del Archivo Mujeres y Géneros por facilitarnos las entrevistas de mujeres militantes de su colección, y a las y los integrantes del Subgrupo Mujeres y resistencias: prácticas desde lo femenino, del Grupo de Trabajo Memorias colectivas y prácticas de resistencia de CLACSO, por su apoyo en la elaboración de este artículo.

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⃰ Directora de Germina, conocimiento para la acción. Antropóloga social, Magíster en Gestión y Políticas Públicas y Doctoranda en Ciencia Política. Contacto: gochoa@germina.cl

 

* * Miembro de Germina, conocimiento para la acción. Licenciado en antropología social. Contacto: vrioslopez@germina.cl

 

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[I] Nombre dado a la revuelta popular de octubre de 2019, que implicó masivas protestas en rechazo al modelo económico y al sistema político imperante en Chile, iniciadas por la convocatoria a evadir el pago del pasaje de metro por el alza que tuvo.

[II] La primera ola corresponde a las “sufragistas” entre fines del siglo XIX y mitad de la década de 1940. La segunda comienza a mediados del siglo XX y corresponde a la inclusión de las mujeres en la toma de decisiones, como el control de la natalidad o las libertades sexuales, aunque para algunos correspondería al pasaje del sexo al género donde prima la idea de que se deviene mujer, no se nace. La tercera representa la visibilidad de la diversidad cultural, social, religiosa, racial y sexual, con marchas del Orgullo Gay en todo el mundo (Larrondo y Ponce, 2019).

[III] Nombre dado a la movilización de estudiantes secundarios del año 2006 en Chile, que alude al documental “La Marcha de los Pingüinos” (Luc Jacquet, Francia, 2005), estrenado ese año, que muestra el camino que siguen los pingüinos de la Antártica al lugar de gestación. “Pingüino” es uno de los apodos que reciben las y los escolares chilenos producto del uniforme tradicional que se usaba en el sistema público de enseñanza, cuyos colores son blanco y azul oscuro combinados de forma similar al plumaje de estas aves.

[IV] Las entrevistas de la primera generación de mujeres corresponden a entrevistas realizadas por el Archivo Mujeres y Géneros, del Archivo Nacional de Chile. Las entrevistas a mujeres de la segunda generación fueron realizadas durante febrero y marzo del 2021, por el equipo de autoría del artículo, todas ellas residentes en la región Metropolitana, con edades que fluctúan entre los 30 y 35 años.

[V] El PDC fue fundado en 1957 como una alternativa al capitalismo y al socialismo y logró un ascenso importante en sus inicios. En el año 1964 su candidato presidencial, Eduardo Frei Montalva, es electo presidente de la República. Aunque el partido estuvo a favor de una alianza con la derecha para enfrentar a la Unidad Popular y el golpe de Estado de 1973, posteriormente encabezó la oposición al régimen militar y obtuvo la presidencia de los dos primeros gobiernos posdictatoriales.

[VI] Los Centros de Madres fueron organizaciones comunitarias con un fuerte apoyo femenino, de carácter tradicional, con rasgos autoritarios y conservadores, y que se presenta como oposición a la izquierda (Kirkwood, 1986).

[VII] Las mujeres de derecha participaron en el Poder Femenino (1972 – septiembre 1973) en contra de la Unidad Popular y el comunismo desde una pretendida posición apolítica, a pesar de sus vínculos con partidos de oposición (Power, 2008). Asimismo, exaltaba las características sexo-genéricas convencionales de madres y esposas y su rol dentro de las familias, a las que atribuían su capacidad organizativa en acciones antigobierno y su éxito político, sin cuestionar ni contradecir los roles de género ni el papel dominante de los hombres en la política y en la sociedad. Justificaban su accionar como una medida de protección de la familia, reforzando una óptica mística y esencialista de la mujer. Las mujeres pertenecientes al PDC apoyaron al Poder Femenino utilizando sus influencias en los CEMAS, lo que implicó que mujeres pobres y obreras tomaran parte de la causa antiallendista (Power, 2008; Iglesias, 2010).

 

[VIII] El PS fue fundado en 1933 a partir de la fusión de varias agrupaciones socialistas. De base ideológica marxista, derivó en socialdemocracia hacia 1980. Ha sido una fuerza política de izquierda significativa en el país y parte de alianzas como el Frente Popular (1936-1941) y el Frente de Acción Popular (1956-1969). En 1970, dentro de la Unidad Popular, llega a la presidencia con Salvador Allende Gossens. Luego del golpe militar, es declarado ilegal y su militancia es perseguida y encarcelada. En la posdictadura logran posicionar a dos presidentes: Ricardo Lagos en 2000 y Michelle Bachelet en dos periodos, en 2006 y 2014.

[IX] El PC fue fundado en 1922. Sus orígenes se vinculan con el movimiento obrero y la “cuestión social”, que facilitaron la fundación del Partido Obrero Socialista (POS) el que, después de la Revolución Rusa y que se institucionalizara el movimiento comunista internacional, decidió cambiar de nombre y afiliarse a la Internacional Comunista. De corriente ideológica marxista, es uno de los partidos más importantes dentro de la izquierda chilena, con una larga trayectoria de participación institucional y con importantes periodos de ilegalidad.

[X] El MIR, organización política y social de extrema izquierda, de tendencia marxista-leninista fundada en 1965, se convirtió en el referente de la izquierda radical, extraparlamentaria y revolucionaria chilena. Defendía la lucha armada y desconfiaba de la política electoral de la izquierda tradicional. En 1969 pasó a la clandestinidad producto de los asaltos realizados a entidades bancarias. No participaron en el gobierno de la Unidad Popular, sin embargo, fueron parte del grupo de seguridad personal de Salvador Allende. Una vez devenido el golpe militar, el llamado de la organización fue a no asilarse y permanecer en el país para combatir la dictadura, frente a lo cual su militancia fue perseguida por la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), apresada, torturada, exiliada y asesinada.

[XI] El Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FMPR), fue una organización política fundada en 1983, de tendencia marxista-leninista y con un carácter patriótico y revolucionario. Se constituyó como el brazo armado del Partido Comunista hasta su escisión en 1987.

[XII] El  PPD es un partido político chileno socialdemócrata de centroizquierda que se autodefine como democrático, progresista y paritario. Fue fundado en 1987 por dirigentes políticos provenientes del socialismo democrático, radicalismo, socioliberalismo y la socialdemocracia al finalizar la dictadura militar de Augusto Pinochet, poco antes del plebiscito que debería decidir su continuidad en el poder. Se encuentra vigente.

[XIII] El Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género (SernamEG), creado en 1991, es un servicio público dependiente del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, cuyo objetivo es implementar las políticas, planes y programas para enfrentar las diversas realidades de las mujeres.

[XIV] El estudio ADN de los Partidos Políticos en Chile (ACTIVA, 2012 en Zarzuri, 2018) mostró que un 5,1% del total de las y los chilenos era militante de un partido político y que la juventud presentaba menor participación e interés en ser parte de ellos.

[XV] En las elecciones del año 2017, el 40,9% de candidaturas inscritas a senadores fue de mujeres, de las que el 26.1% fue electa. En diputados el 41.4% de las candidaturas fueron mujeres y las electas alcanzaron al 22,6%, principalmente por la introducción de criterios de paridad de género en las listas de aspirantes al Congreso, que deben contener no menos del 40% y no más del 60% de cada uno, lo cual permitió que se presentaran cuatro veces más postulantes mujeres que en las Elecciones 2013, y se establecieron incentivos económicos para la participación femenina en las candidaturas, para los partidos y para las postulantes. (Servel, 2018). En 2019, el 17% de las alcaldías quedó en manos de mujeres y el 33% de las concejalías, lo que significó un aumento respecto a elecciones anteriores. En la Convención Constitucional actual se establecieron criterios de paridad de género y de inclusión de pueblos originarios, previniendo la participación de poblaciones generalmente postergadas en cargos de representación.

[XVI] Para el año 2012 las Secretarías de Género comienzan a existir en distintas universidades y el año 2014 se realiza el Primer Congreso Nacional por una Educación no Sexista, donde esta demanda se integró a otras del movimiento estudiantil.

[XVII] Ejemplo de ello fue la globalizada performance “Un violador en tu camino” de Lastesis que tuvo por objetivo manifestarse en contra de las violaciones a los derechos de las mujeres en el contexto del estallido en Chile. Fue interpretada por primera vez el 18 de noviembre de 2019 frente a una Comisaría en Valparaíso. Una segunda interpretación, hecha por 2000 mujeres el 25 del mismo mes fue parte de la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, grabada y viralizada en redes sociales. A partir de ahí, se ha replicado en numerosas ocasiones en Chile, el mundo y ha sido traducida a diferentes idiomas. Ver: https://www.youtube.com/watch?v=yJGE9zqgna8&vl=es-419

[XVIII] El MAPU fue un partido político de izquierda que se escindió del PDC en 1969. En 1970 ingresa a la Unidad Popular y participa en la campaña y en el gobierno de Salvador Allende. Después de la realización de congresos donde se definió ideológicamente de tendencia marxista y se perfiló como un grupo de vanguardia obrero y proletario, se produjo una escisión creándose la Izquierda Cristiana en 1971. En 1972 se fraccionó nuevamente en el MAPU, de ultraizquierda, y el MAPU Obrero y Campesino, más moderado y procomunista. Con el golpe militar, fue considerado ilegal y su militancia perseguida, encarcelada, desaparecida y exiliada.

[XIX] RD es un partido constituido en 2016 y conformado por miembros de una generación crítica de las políticas implementadas por los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia y por el primer gobierno de Sebastián Piñera. Para las elecciones parlamentarias del año 2013, su líder fue elegido diputado. Al momento de conformarse como partido político, también anunciaron la conformación del Frente Amplio de izquierda que incluye organizaciones sociales y políticas, vigente hasta la actualidad.

[XX] Convocación es un colectivo autogestionado de investigación política de izquierda.

[XXI] Entrevistada perteneciente a la primera generación.