Las emociones ante la maternidad: reflexiones en torno a Precoz de Ariana Harwicz

Carolina Rossini*

Resumen      

El presente artículo busca analizar la configuración de la maternidad en Precoz de Ariana Harwicz. Desde el estudio de los afectos, los soportes emocionales y los espacios de mediación, así como también desde la voz, las características discursivas y perspectivas focales, la novela marca un punto de inflexión puesto que, en primer lugar, los afectos y la voz se ubican por encima de la trama. Se demuestra la forma en que el soporte emocional no se condice con el discurso legítimo sobre la maternidad. En segundo lugar, la madre se ve interpelada por instituciones y agentes estatales que intervienen en la relación filial, las formas del cuidado y la orientación afectiva. De este modo, antes que manifestar una crítica hacia los mandatos de género de forma explícita, se busca analizar, desde las perspectivas del giro afectivo, los estudios de género y la antropología feminista, la agencia de los espacios de mediación, los afectos y las cualidades de la voz en primera persona, puesto que tuercen, por un lado, la representación temática y, por el otro, los roles de género y el sistema de parentesco que les da estructura.

 

Palabras clave: maternidad – afectos – voz – literatura – género

 

Emotions Surrounding Motherhood: Reflections on Precoz by Ariana Harwicz

Abstract

This article aims to analyze the configuration of motherhood in Precoz by Ariana Harwicz. This novel marks a turning point, as to the study of affect theory, emotional supports, and mediating spaces, as well as the analysis of voice in discourse according to different viewpoints. This is so, because feelings and voice outweigh the plot. The way in which the emotional support does not coincide with the legitimate discourse on motherhood is depicted. Secondly, the mother is questioned by institutions and state agents that intervene in the filial relationship, ways of caring, and in the affective orientation. Thus, rather than explicitly criticizing gender mandates, the aim is to analyze, from the affective turn perspective, gender studies, and feminist anthropology—the agency of mediating spaces, emotions and the qualities of the narrator’s voice, since these aspects disrupt, on one hand, thematic representation and, on the other, gender roles and the kinship system that structures them.

 

Keywords: motherhood – affections – voice – literature – gender

 

Introducción: Harwicz ante la crítica

Precoz de Ariana Harwicz se publica en 2015 por la editorial Mardulce. En 2022 participa de Trilogía de la pasión, junto a Matate, amor y La débil mental. Desde la primera persona gramatical relata escenas de vida de acuerdo a tres ejes: el vínculo filial entre una madre y un hijo, la tensa relación con el amante y la problemática interacción con el Estado. No posee marcas identitarias, nombre ni origen definido. Establece un monólogo interior similar al fluir de la conciencia en donde intervienen voces ajenas a modo de interpelaciones: el hijo, la asistente social y las autoridades escolares rompen con el soliloquio. Pero, si bien la voz narrativa centraliza la perspectiva, no da predominio a las acciones ni a las secuencias narrativas, sino que, por la intensidad emocional, la carga de las zonas descriptivas y la expresión de los pensamientos, ubica en la superficie del relato a los afectos: emociones que sostienen y participan activamente del dinamismo y de la intermediación de las relaciones mencionadas.

La voz se ubica por encima de la trama y posa la mirada sobre el entorno para mezclarse con objetos, sensaciones y cuerpos. Su ambigüedad, exacerbación y contingencia desdibujan la distinción jerárquica entre lo humano y las cosas o el lenguaje y el cuerpo (Yelin, 2020), así como también entre aspectos narratológicos como narración y descripción, o narrador, sucesos y fondo. El borramiento de los límites, de este modo, distribuye a partir de la puesta de la voz y los afectos distintas relaciones y valoraciones, y cobran visibilidad y agencia, en mayor medida, en las descripciones de los escenarios, los objetos y lo circundante (Moslund et. al., 2019). Como argumenta Yelin, “esos acercamientos son inevitablemente experimentales y contemplan la participación del cuerpo, de su materialidad, su sensibilidad: las superficies deben entrar en contacto para que la percepción pueda trascender el camino recto del concepto” (32). Las relaciones y vínculos sociales, los espacios de mediación e interacción donde circulan los afectos resultan agenciales para el desarrollo de la trama puesto que sostienen, recíprocamente, el discurso de las instituciones y sistemas: la configuración familiar, del parentesco y de la maternidad.[I]

La crítica literaria (Arpes, 2019; Delmonte, 2014; Gil, 2021; Romano, 2024)  examina dos ejes que se articulan en la novela y dan cuenta de una tensión entre feminidad, maternidad y mandatos de género. Si bien existe un consenso crítico respecto de la forma en que se produce un corrimiento de las expectativas sobre los cuerpos femeninos, el estudio sobre la agencia y productividad de las emociones, en el marco de la teoría de los afectos (Ahmed, 2015) cuenta con escasa bibliografía.

El lenguaje, el deseo y el uso enredado de la voz configuran un desfase de los sistemas normativos. Carmona Gil (2021) argumenta que la escritura y el deseo participan de la construcción de la voz así como también de la destrucción de lo establecido. El desajuste respecto de las expectativas sobre la madre abre un espacio de incomodidad que pone en crisis el lugar de lo femenino. Arpes (2019) manifiesta que, por un lado, la novela critica el esencialismo femenino vinculado a la función materna. Por el otro, se enuncia la posibilidad de modificar los lugares estancos asumidos como naturales y culturales.

El quiebre de lo normativo desde el lenguaje y desde la voz tiene en su centro el deseo, el elemento que estimula, como refiere Delmonte (2014), la acción. De este modo, la tensión entre la subjetividad y el orden social se representa por medio del deseo que puja por rebatir las normativas imperantes de los roles de género en el ámbito familiar.

En la literatura contemporánea del período reciente, la emergencia de narraciones que tienen en el centro narrativo a las voces y el deseo de las madres cobra relevancia. Se trata de ficciones donde la voz narrativa, desde el lugar de enunciación de la madre, supone la exploración “en sus ramificaciones diversas: la falta de deseo materno, la experiencia radical del cuerpo en juego, la maternidad negativa o completamente desidealizada, el duelo por los/as hijos/as perdidos/as” (Romano, 2024: 3).

No obstante, a propósito de la representación de la maternidad en la literatura contemporánea, la novela de Harwicz marca un punto de inflexión puesto que, como sostendremos en el presente artículo, el análisis de los afectos promueve orientaciones disímiles respecto de la crítica a los mandatos de género. En este sentido, el foco narrativo no está puesto en cómo se representa el lugar de la madre ni las imágenes, limitaciones o alcances del rol. Sino, de forma diferente, en cómo los afectos y la voz, la mirada sobre el entorno, por encima de las acciones, inauguran espacios de agencia. En el marco del giro afectivo, estipula Cecilia Macón (2021) que la caracterización de las emociones desde su relacionalidad, involucra aspectos que participan de los espacios intermedios entre los cuerpos, en la capacidad de afectar y ser afectado. La agencia propia de las emociones se refiere no a la “capacidad de acción que pone en funcionamiento la dimensión afectiva en tanto recurso –y a los afectos como generadores de acción–, sino como capaz de constituir una configuración afectiva propia, desde donde impulsa y repensar las acciones más inesperadas” (Macón, 2021: 36).

De este modo, la voz en la novela no se encuadra en una tensión entre imposición y resistencia, donde las identidades feminizadas se posicionan en contra de los roles de género y parámetros de conducta a través de la consecución del deseo. En efecto, la madre, de forma exacerbada, irreverente e inestable, participa de entramados normativos respecto de la relación con el hijo y con el amante: demuestra dependencia y búsqueda por adecuarse a las expectativas sobre los roles. Capta la atención, de forma distinta, el tono irreverente de la voz puesto que allí, en la flexión y modulación, los afectos producen sentido y expanden la interpretación sobre lo real.

Se trata de un tipo de representación desde el lugar de la voz, los afectos y las orientaciones afectivas, así como también desde las características discursivas que promueve la primera persona, el monólogo interior o fluir de la conciencia, el lenguaje explícito y la ausencia de nombres propios, desplaza las jerarquías convencionales para dar lugar a la contingencia del cuerpo.

De acuerdo a determinados estudios etnográficos de la antropología feminista (Ávila, 2004; Blásquez y Montes, 2010), emociones como el instinto, el amor y el cuidado incondicional sirven de soporte al discurso legítimo de la maternidad. No obstante, en la novela, el soporte emocional se configura de forma dinámica: el apego convive con la negligencia, el amor con el descuido y la responsabilidad con la tristeza. La contingencia de las emociones, de este modo, desestabiliza el discurso hegemónico sobre la maternidad e introduce tensión. Expone, en consecuencia, un movimiento normativo: la intervención de las instituciones y el Estado sobre las obligaciones emocionales de la labor maternal, su regulación y control; buscan prevenir, así como también configuran, el lugar amenazante de la “mala madre”, y la adecuación a los roles de género en el sistema legítimo de parentesco.

El lenguaje, según Yelin (2020), produce el pensamiento del cuerpo:

 

un espacio intermedio ‘donde se activan afectos y se estructuran influencias que desplazan la distinción entre el interior y el exterior del sujeto’ (Braidotti 2018, 38). Un espacio que se abre por el lenguaje y en el lenguaje. Escribir el cuerpo es, en estas ficciones, explorar el mundo desde la perspectiva imaginaria de una forma-de-vida (127)

De esta manera, la presencia emocional dentro de espacios de mediación entre los cuerpos da cuenta de la capacidad de agencia de los afectos (Ahmed, 2015; 2019) tanto en el ámbito familiar como en la regulación estatal e institucional respecto de la maternidad. El tono irreverente de la novela sostiene un tipo de maternidad no convencional, así como la maternidad es sostenida por las emociones legítimas e ilegítimas, sus expectativas y faltas. Desde los estudios etnográficos de la antropología feminista (Ávila, 2004; Blásquez y Montes, 2010) se cuestiona el soporte emocional que configura los roles de la maternidad y feminidad, y el sistema de parentesco que le da estructura.

Es decir, para la reflexión sobre las emociones agenciales no se trata de pensar en identidades ni en lo particularmente femenino, en la protesta contra el sistema imperante o la forma de tergiversar los mandatos de género. De otro modo, es crucial la forma en que, como expresa Yelin, la voz desarma los elementos identificables de una identidad, su especificidad humana, y permite la emergencia de afectos diversos en cuerpos maternos incómodos donde intervienen necesariamente (con control, disciplina o abandono) el parentesco, su sistema político y entramado emocional.

 

Cuestiones teóricas: maternidad, parentesco y literatura

Yanina Ávila González (2004) argumenta que, en la cultura occidental moderna, predomina el mito del amor materno y el instinto maternal, como si se tratara de un sentimiento universal o natural, propio de la feminidad. Asimismo, Blázquez y Montes (2010) en el análisis de la intermediación de las emociones en la configuración de la maternidad manifiestan que el discurso occidental sobre la maternidad se apoya en la biología, se refuerza por el mandato divino y por el deber social. Por lo cual, indica Ávila, se hace difícil imaginar situaciones extremas de infanticidio o alternativas a la emocionalidad predominante.

El orden lógico que estructura dicho fundamento instala posturas predeterminantes que vinculan naturaleza (el equipamiento genético) con el instinto maternal, caracterizado por el amor, el cuidado y la bondad. Dicho vínculo se encontraría sellado por la consanguinidad. Pero,

 

si nos remitimos a los datos de la historia premoderna occidental (Ariés 2001; Badinter 1981; Giddens 1998; Knibielher 2001; Lipovetsky 1999; Stone 1990) o a los datos etnográficos (Barfield 2000; Mead 1994; Scheper Hughes 1997) encontraremos mundos diferentes en donde los niños no son representados ni tratados como seres dulces, inocentes y tiernos; ni las mujeres están asociadas necesariamente con la maternidad; donde las madres biológicas no son las mujeres amorosas y solícitas guardianas del hogar que la ideología capitalista moderna ha diseñado como el único modelo válido para todas las mujeres y todas las familias (37)

El aporte de la antropología feminista a través de los estudios etnográficos busca desarmar la relación natural que regula parentesco, emociones y feminidad. El lugar de la mujer o las relaciones de género dentro del sistema de parentesco se encuentra condicionado por las interpretaciones que las diferentes culturas “elaboran respecto de la sexualidad y, por ende, respecto de la reproducción” (38). Del mismo modo, establece que el vínculo consanguíneo no produce necesariamente una relación de parentesco. No se puede presuponer, según Ávila, que el parentesco se base estrictamente en la biología o que la reproducción cree lazos, independientemente de las asignaciones culturales:

Desde esta óptica, la maternidad no es únicamente un resultado impuesto por determinantes biológicos o culturales, que ubica a las mujeres como sujetos pasivos, víctimas del dominio patriarcal, hormonal o religioso, sino que identifica a las mujeres como actoras con capacidad y agencia política y cultural para crear significados y prácticas en torno a esta compleja y múltiple función (52)

Blázquez y Montes sostienen que se trata de una construcción ideológica mantenida por el poder político y las instituciones, produciendo y reproduciendo formas de vida de las feminidades. Además, el modelo médico hegemónico funciona como una vía de legitimación: su autoridad masculina, científica y al servicio del Estado, difunde un modelo sin modificaciones en las estructuras de poder. En dichas estructuras se hereda, reproduce y sostiene el “mito de la maternidad” que asocia la existencia con el “instinto maternal”:

La ideología que ha sustentado la definición de mujer-madre anclada en una naturalización biológica ineludible mantiene las desigualdades de poder y la inferioridad naturalizada de las mujeres, justificando la división del trabajo y las diferencias en el valor de producción y reproducción (Narotzky, 1988: 132), y en ‘la configuración de las emociones’ (Esteban, 2000: 208) (82)

Las autoras se refieren a la “maternalización de las mujeres” como parte de una orientación e instrucción a cuenta de las instituciones médicas y sanitarias, de las mujeres en la tarea de convertirse en madres. Dado que la labor materna no se deja “en manos del instinto maternal, de la intuición de las mujeres” (82) solamente, se desarrollan saberes técnicos sobre el cuerpo femenino. La orientación produce y reproduce un tipo de maternidad que se enraiza en emociones “entendidas como experiencias personificadas que responden a un sistema de valores morales, ideas o creencias culturalmente construidas” (82). La orientación, de este modo, no es solo asistencial, sino que es afectiva y emocional. Normativiza un tipo de práctica y vivencia, a través de protocolos y guías, que sostienen la maternidad como un tipo específico de trabajo cultural y biológico. Así, el instinto maternal y las emociones ligadas al cuidado, son centrales para la conformación de la mujer-madre en un sistema de parentesco occidental naturalizado. Según la autora,

nombrar como protocolos de lo emocional las intervenciones sanitarias permite entender el carácter prescriptivo que tienen sobre las emociones de las mujeres ante la maternidad: cómo deben ser –desde el amor maternal–, cuándo deben aparecer –tras la mediación de las hormonas del parto y del vínculo– y por qué deben darse –como garantía del cuidado de las criaturas– (85)

La orientación adecúa los cuerpos dentro del sistema de parentesco imperante puesto que establece un tipo de socialización, relación filial y rol de género que se marca como naturalizada, originada en la biología de los cuerpos y las emociones presuntamente innatas. En esta línea, se pone en evidencia el carácter prescriptivo del rol. Las mujeres que no se homologan a la normativa imperante, es decir, que no demuestran reacciones emocionales de satisfacción, alegría y gozo ante el embarazo o maternidad “son generalmente miradas con extrañeza […] se buscan razones que expliquen estas respuestas consideradas anómalas, ya que no encajan dentro de esquemas socioculturales” (88). Se las considera “malas madres” o “madres desnaturalizadas”, desligando la responsabilidad de la construcción cultural que interviene en la maternidad, así como del carácter interseccional que condiciona las subjetividades: la condición etaria, laboral, social y económica.

Puesto que la maternidad se define no como una identidad sino como una relación (Domínguez, 2007), el relato sobre la maternidad atraviesa la cultura argentina. Como parte del discurso de voces que configuran, desde su reiteración, representación y modalidad hegemónica, el entramado social, la literatura no queda exenta de ello. Argumenta Domínguez que los textos literarios, en tanto artefactos sociales, construyen diversas representaciones de la maternidad. “Exhiben tanto los productos como los procesos de representación y autorrepresentación de los sujetos de enunciación” (26). Por relato se entiende la forma de vehiculizar un saber, donde el lenguaje y su transmisión “obedece muy a menudo a reglas que fijan la pragmática y que constituyen el lazo social. Un relato se transforma en dominante o hegemónico porque contiene un gran poder de producción y de seducción” (17). Así como el análisis de las estructuras de poder mantiene lazos estrechos con el abordaje de los roles de género, la ficción, como discurso cultural en el lazo social, configura no solo formas de representación sino también habilita lugares de enunciación que, mediados por las figuras autorales y los contratos de lectura, extienden o restringen la visibilidad de las voces alternativas.

De este modo, interesa resaltar un concepto central para abordar el análisis crítico de la forma en que se representa la maternidad en Precoz: la orientación afectiva. En la medida en que se presentan imposiciones sobre las estructuras de sentimientos y soportes emocionales de la maternidad, es decir, se hace visible una inadecuación o divergencia entre la orientación emocional de la protagonista y la de las instituciones estatales, las prácticas y gestos, reacciones y miradas que rondan y sostienen el discurso de la “mala madre” acechan como una amenaza.

De acuerdo a Sara Ahmed (2019), la orientación afectiva es una cuestión de cómo se habitan los espacios, en donde las emociones implican formas afectivas de re-orientación. Las orientaciones de los cuerpos hacia los otros moldean los contornos del espacio mientras afectan las relaciones de proximidad y distancia entre ellos, afectando, asimismo, los vínculos que sostienen la sociabilidad y lo común.

La productividad de las emociones no solo desarma la naturalización heredada que cristaliza el lugar de lo femenino en un tipo específico de maternidad, sino también configura sistemas de parentesco alternativos porque producen relaciones y formas de habitar espacios de interacción. De este modo, emociones, maternidad y parentesco conviven en una dinámica productora de sentido sobre lo social, tanto dentro como fuera de la ficción, puesto que legitima, cuestiona o reproduce estructuras de poder.

Según Godelier (2000), las relaciones de parentesco presuponen la existencia de “relaciones biológicas con las que se articulan directamente y a las que ponen al servicio de un determinado orden social, y las subordinan a un determinado número de normas” (125). La reproducción asegura la producción social en la medida en que se da continuidad a diversos componentes de la sociedad: propiedades, clase social, funciones religiosas o políticas. El sistema de parentesco está investido de realidades sociales que son presuntamente independientes de la sexualidad, pero que, de todas formas, la regulan.

Los relatos de las “malas madres” en la literatura funcionan como la excepción del modelo tradicional occidental, su punto de fuga, la resistencia a la sumisión, el rechazo a los mandatos. Nora Domínguez argumenta que las representaciones de la maternidad “tienen un engranaje entre representación y voz” (13). Es una voz sin cuerpo, puesto que voz y lugar de enunciación conllevan distintas materialidades. El relato de la maternidad, sostiene la autora, se construye desde la posición del hijo, una posición que resiste al cambio y la variación. La voz de la madre contiene, sin embargo, tonos y modulaciones: “matices del exceso amoroso o inflexiones que desbordan la representación y transforman a la voz en un canto glorificante o injurioso” (13).

Si el lugar de enunciación garantiza la posición en las estructuras de poder, la voz centrada en los tonos y modulaciones afectivas configura un tipo de materialidad que se encuentra asociado a los espacios de mediación, allí donde las emociones circulan, en palabras de Ahmed, moldeadas por la forma de los cuerpos. La mediación de las emociones disputa, de este modo, la forma de la representación y abre el juego a un engranaje de sentidos a través de la inadecuación y el dinamismo contingente de los afectos.

 

La voz o la disolución de los límites

Las cualidades del discurso configuran una voz narrativa que impacta en las distancias y orientaciones entre los cuerpos. En primer lugar, se destaca la forma en que la narración en primera persona se ubica no solo por encima de la trama, sino que trae a la superficie el fondo de las escenas:

En el square para hacer gimnasia con las niñeras negras hablando por teléfono a sus países, en los pasillos de los bloques donde se revenden las piezas de esos teléfonos, en la banquina de rotonda, en la entrada del polideportivo, en las pistas con rampas para skate, en la zona del club de equitación para veteranos y socios vitalicios, en la pileta techada, en los saunas, en el salón privado para swinguers, en el gimnasio para presidiarios, en la explanada, en el correo y en la cantina, nada (2022: 281)

En el transcurso de la narración, los escenarios pierden la pasividad asignada desde un punto de vista narratológico, porque materializan la orientación afectiva de la voz narrativa. Desde una perspectiva post-antropocéntrica (Moslund et. al., 2019) que desplaza el predominio del sujeto por sobre el entorno, la mirada puesta en el ambiente, sus objetos, obstáculos y paisajes, configura activamente el entorno del cual participa y percibe cómo modifican afectivamente la realidad circundante. Por ejemplo, en la siguiente cita, la escena descrita devuelve la ausencia y la impotencia que tensa el vínculo amoroso: “La suela de sus zapatillas marcadas en los respaldos, la chapa de las ruedas delanteras salida. Las dos puertas abolladas, el limpiaparabrisas cortado. Él no aparece. No está, no ves que no está, volvamos, me pide” (276).

La descripción de los espacios aparece a la par que la intervención de los diálogos. Pero, más que pensar el discurso como una irrupción, se trata de considerar también a las zonas descriptivas con cualidades productivas, en cómo ordena y estructura la narración e impacta activamente en las relaciones humanas.

En segundo lugar, la sintaxis se presenta extensa y sin intervalos. Atraviesa, asimismo, distintas temáticas que desjerarquizan la información. Es decir, su carácter continuado, descriptivo y desordenado como, por ejemplo: “Y después haciendo dibujos sobre el río, el láser en la entrepierna escribimos nuestros nombres en mayúscula y los rodeamos de un corazón, igual al corazón que él dibuja con esperma en mi cara” (267), reúne experiencias que, en el contexto de enunciación, tienen distintos registros. El rejunte, no obstante, no busca igualar la información sino ubicarla en líneas de proximidad similares, torcer las jerarquías. En la medida en que la voz del cuerpo cobra predominio por sobre la trama, pone en evidencia cómo los afectos no circulan pasivamente, sino que moldean los límites morales, tanto su rigidez como su ausencia, en el espacio circundante:

 

Soy su nube, su perdición. Me veo delante de las enredaderas bien agarradas a las rasillas de las casas ya demolidas. Como en las fondas y los silos, el tufo del paso de los animales, como los desperdicios de aves de corral. Como la lobreguez de los vacunos en el camión al degolladero. Y con mi hijo todavía de espaldas en la cocina frente al vapor me veo morir (289)

Voz y materia, narración y descripción, remueven la dicotomía entre lo activo y lo pasivo, entre lo humano y la materia: “Me paré y caminé por la casa sin vestirme. No soy más que el ruido del ala de un insecto. La vejez es un naufragio” (315).

Puesto que la voz percibe el entorno y el entorno participa activamente afectando las emociones, las reacciones y decisiones de los personajes, se produce un movimiento particular. El lugar de enunciación centrado en los lugares de mediación de los afectos modifica asimismo los espacios de interacción: el parentesco resulta inestable e interviene en las estructuras de poder donde determinado soporte emocional sostiene la naturalización de los roles de género.

Si la voz y el entorno aparecen en la superficie del relato dando espacio a los afectos y los afectos delinean el perímetro, moldean el contorno de los cuerpos y delimitan las normas morales o protocolos de comportamiento, su perdurabilidad y contingencia otorga un sistema y una orientación particular respecto de las instituciones de la maternidad y la familia.

 

Maternidad, emociones y poder: la “mala madre” es el Estado

Distintas escenas en la novela plasman la relación tensa entre la maternidad y el Estado. La falta de cuidado, el desapego, el hambre y la deserción escolar configuran un entramado que adjudica una valoración negativa a la madre en el rol que le toca dentro del sistema social de parentesco. Dicho de otro modo: en la medida en que no cumple con la expectativa sobre la labor de la maternidad y las formas de sentir dentro de la relación filial, se marca un desajuste con el discurso legítimo que habilita, en consecuencia, la intervención de un tercero. Pero no se trata de una denuncia individual respecto de las transgresiones cometidas por la madre y los efectos en el hijo, sino de la intervención del Estado y de las instituciones subidas a la ideología de la “mala madre” respecto de las emociones que median la relación filial.

En la siguiente cita, se comete una transgresión: un robo menor en un supermercado. La intervención de la policía, en este caso, no impacta en la madre como adulta responsable, sino en el cuidado e institucionalización del hijo. La pregunta que cobra protagonismo es la de si está escolarizado: 

 

Estábamos sonriéndonos, cuchicheando acaramelados mientras pasamos la caja, pago, juntamos las bolsas y caminamos como siempre hasta la salida. Él silbando una cantinela, yo mirando hacia fuera las nubes ahorcar las alturas. La fila de carritos moverse sola entre los autos chocados cuando un hombre saca una matrícula y nos pide que lo acompañemos. El menor y yo en el subsuelo, rodeados de cajas, fajos de dinero contados por manos con guantes y agentes de seguridad. Por favor, qué llevan en los bolsillos. Las gillettes y las pilas cayendo. Qué edad tiene el muchacho, ¿es su hijo? ¿Está escolarizado? Queremos hacerles preguntas de rutina, y se lo llevan y lo rodean entre algunas agentes de polleras tubos. Pero él me mira solo a mí. Pero él me ama solo a mí. Alerta de la guardia local, próxima visita de la asistente social y antecedente en el prontuario judicial. Y nada para depilarnos (269)

La pregunta asegura un respaldo para la protección del niño, pero no implica una observación sobre la transgresión cometida. Las preguntas de rutina, asimismo, aseguran la sistematización de la observación sobre el ejercicio de la maternidad y la relación filial. De la misma manera, la visita de la asistente social propone una mirada comparable:

Que cómo describiría la relación, que si nos adaptamos a vivir en un lugar así, que cómo hacemos para pasar el invierno, que si contamos con ayuda externa, que cómo son los ingresos mensuales y nuestra situación legal y mira el desorden, el polvo sobre las bandejas, la pila de recetas médicas, el aire frío girando sin calefactor. Nos la sacamos de encima con una convulsión y un llamado a las urgencias (276)

La voz narrativa asegura que la asistente social reacciona contra el desorden, después de determinadas preguntas rutinarias sobre la relación y la adaptación al espacio. Se trata de un desorden que delimita el espacio y pone en evidencia una carga afectiva, una orientación afectiva particular. El polvo, las recetas y el aire frío dicen más sobre el descuido que sobre los objetos mismos. En definitiva, la mirada sobre los objetos afecta el soporte que sostiene la idea de la maternidad esperable, puesto que afecta la noción de cuidado que mantiene emocionalmente dicha ideología. Asimismo, si dicha ideología se desestabiliza, es decir, si la madre se conforma por aquello que obstaculiza su práctica tal como el Estado y las expectativas sociales requieren, se quiebra también el sistema de parentesco donde los roles y mandatos de género cobran un sentido, porque afecta inevitablemente los espacios en común y de interacción social sistematizada.

En el ámbito escolar, ocurre una situación similar. Los directivos convocan a la madre para tener una reunión:

 

Y me hablan de las reiteradas e inaceptables ausencias, de su ánimo extraño, de que está aislado, viene sin comer, de las burlas de sus compañeros y algunos rumores sobre mí. Parece que nos vieron sacar etiquetas de los productos. Miro la ventana, afuera se va el invierno, ningún pájaro sobre las cúpulas de las iglesias ni castillos, mi hijo caminando ida y vuelta. Mi turno de habla llega. Tener que decir algo cuando la cabeza está henchida. Cuando los genitales están henchidos, como una mujer o un animal doméstico con sensación vital de movimientos fetales, con sus dos pechos creciendo alocados, pero nada, nada ahí, dicen los demás, no hay nada en verdad. Y uno ve todo. Una tolvanera de palabras y me largo a la carrera, pero sin la menor idea de lo que estoy diciendo. Tampoco logro mirarlos. Me citan para el día siguiente a una convocatoria integrada por el comité formado por padres, supervisores educativos y directores pedagógicos (303)

Por un lado, el descuido se tiñe de ausencia, hambre y malestar, como efectos materiales que dan pie para la intervención institucional. Por el otro, el descuido recae sobre la presencia del cuerpo: la risa y los rumores sobre ella generan incomodidad en tanto recaen en el físico de la madre. Ella, no obstante, interviene la escena de otra manera. La mirada puesta en el paisaje, el invierno y su propio cuerpo y sexualidad, cobra relevancia por encima de lo discursivo: “sin la menor idea de lo que estoy diciendo”. Posar la mirada en el ambiente manifiesta una falta de adhesión al mandato y a la corrección. Allí, los afectos no solo toman el lugar de la voz, sino que reorganizan el espacio de acuerdo a sus propios alcances. Se vuelve a correr el límite, el tono de la escena cobra otra resonancia. En consecuencia, la intervención toma un nuevo status: un comité formado por padres, supervisores educativos y directores pedagógicos toma lugar.

Las emociones que sostienen el desarrollo esperable de la maternidad, donde el instinto y la incondicionalidad se toman como presuntamente naturales, son defendidas y exigidas por un aparato normativo. De este modo, la maternidad es una intervención sistemática sobre el propio cuerpo de la narradora. Ella desplaza las estructuras a través de la voz y de las prácticas, pero no recae en un discurso denuncialista, sino, por el contrario, asegura una dinámica alternativa que, a la mirada externa, supone una amenaza. Pone en evidencia que lo “natural” no recae sobre el amor y el cuidado maternal, sino sobre un soporte emocional distinto que tiene en su centro la contradicción, la falta, la negligencia. Asimismo, demuestra que no son sus prácticas las que naturalmente se condicen con el mal desarrollo de la labor maternal, sino que es la mirada externa institucional, montada sobre la ideología de la “mala madre” la que acosa, sentenciosamente.

La culpa, en la novela, motoriza escenas tensas. La madre olvida buscar a su hijo en la escuela. Lo encuentra al lado del camino. Para compensar la falta, lo lleva a comprar un scooter: “Con esto espero estar perdonada, podrás ir y venir y ser libre. Para quién es el scooter señora. Para la familia, digo y el vendedor me mira como si no fuera una palabra” (285). La intervención, en este caso, se da por parte del vendedor. La extrañeza es el resultado de la falta de compatibilidad entre la presencia y la adquisición de un bien. Más adelante, el hijo es multado por exceso de velocidad. En la comisaría, la ideología que informa sobre los peligros de la “mala madre” acecha de nuevo:

 

En la comisaría lo espero sentada, el vestido sucio de la última visita, intento que nadie se percate de mí, los pelos sobre la cara, pero varios me interrogan, usted es la madre del chico al que examinan, usted vino a acompañarlo, me cuelgan el aviso y me pasean. Sobre las paredes afiches sobre los peligros de drogarse embarazada con fotos del bebé deformándose en el útero, sobre cómo alterar en caso de escuchar tiros o de niños prisioneros en sus casas. Estadísticas oficiales de inmolaciones en menores de diez años y su similitud con accidentes domésticos, dibujos de niños saltando a un barranco, abriéndose las venas o prendiendo fuego a la morada. No hay que dejar ventanas entreabiertas ni puertas que den a escaleras dice una señora de pañuelo, a la otra más joven solo se le ven los ojos (286-287)

La maternidad como práctica y labor forma parte de normativas que buscan adecuarla a determinadas expectativas; participa, asimismo, de pedagogías y discursos punitivos y se asume pasible de recibir consejos de terceros desconocidos. En el contexto de la comisaría, la voz narrativa posa su mirada sobre los carteles, afiches y estadísticas que marcan una sentencia y responsabilizan a las mujeres-madres por lo que suceda a los hijos. En efecto, la expresión: “me cuelgan el aviso y me pasean” indica un recorrido condenable. Cuando su cuerpo se detiene o desplaza por lugares en donde rige la maternidad sostenida por emociones de amor, cuidado e instinto maternal natural, se produce un desajuste. La inadecuación de sus propias emociones en dicho espacio la sitúan en el lugar de la madre a condenar, sospechosa o amenaza, es decir, la posible “mala madre”: “Prontuario madre e hijo actualizado, con las fechas de los incidentes y las continuas alertas dadas por la asistente social. Nos dan la mano, consejos mediante y nos invitan a salir” (287).

La asimetría en las formas de sentir, en los soportes emocionales que sostienen conductas y prácticas, resquebrajan las estructuras de la maternidad, y, por ende, del parentesco. Las emociones de la madre: la ira, el enojo, la negligencia no se adecúan dentro de lo esperable o legítimo. Su intervención no implica, solamente, el cuidado de un menor, sino la adecuación a un mandato de género que recae sobre el cuerpo de la mujer.

 

Me detengo. ¿Vos no me habrás pedido que nos fuéramos para alejarme de él? Y sigo trotando. Qué te pasa me grita. Estabas tirando botellas al ganado, nos iban a echar, ibas a demoler la casa. Y de paso abandonás tus estudios y después la asistente me inculpa. El dedo acusador de los instructores sobre mi sien. Volveré a la escuela, mamá. Sí, y van a venir a buscarme los gendarmes por incuria llevándome en alto por los viñedos con un cartel de negligente, pero vos sos el que no quiere estudiar, sos vos el que quiere ser un iletrado, vos querés terminar en una estación, limosneando a la entrada de los hoteles ruteros (309-310)

La voz de la madre toma distancia del rol en el sistema de parentesco y asegura una persecución por no cumplir con las expectativas asignadas: “llevándome en alto por los viñedos con un cartel de negligente”. Cuando no se condicen las emociones, como se ha mencionado, no se produce la identificación. No obstante, la diferencia en las formas de sentir no trae necesariamente una diferencia de poder y una violencia desencadenante. La asimetría produce violencia en la medida en que desafía las estructuras de poder imperantes. De este modo, los afectos participan de la configuración de los roles maternos. Como ocurre en la novela, el enojo y la furia en la maternidad disuelven el rol quedando en su lugar la condena ante la mirada ajena. La pérdida de la identificación se produce por parte de un tercero, en este caso, institucional y estatal que interviene sobre la relación filial.

Pero la protagonista, la voz narrativa en primera persona, sí se nombra en función del rol materno. Despliega su voz como parte de una extensión del cuerpo y, antes que utilizar la maternidad como parte de un sistema de socialización, se detiene en la relación, es decir, su mirada se posa hacia adentro del vínculo: “Qué sentís hijo por mí, ¿podrías sentir lo mismo que yo? Podemos estar sintiendo lo mismo ahora” (314).

La falta de nombres identitarios y la circulación de afectos no compatibles con las expectativas hegemónicas sobre la maternidad denotan una configuración del parentesco disímil. La novela propone una variabilidad en el soporte emocional de la maternidad que trae aparejado la intervención estatal. Pero, de todas formas, asegura una representación distinta en base a la capacidad de agencia de los lugares de mediación. La reproducción no implica, en este caso, la producción social, puesto que no se transmiten valores, normas y principios preceptivos, sino que se transmite la forma-de-vida, la voz del cuerpo, desplazando las escenas que regulan la subjetividad (los roles, la familia) para dar paso a la materia y los afectos.

 

Conclusiones

En conclusión, Precoz de Ariana Harwicz marca un punto de inflexión en la representación de la maternidad en la literatura contemporánea. En la medida en que voz y maternidad, en la literatura reciente, establecen lazos políticos –la apropiación del lugar de enunciación, el relato subjetivo de la maternidad sin intermediarios y la explicitación de la maternidad como rol y no como destino–, inauguran posturas disruptivas. En Precoz, en específico, la voz narrativa se diferencia puesto que ubica por encima de la trama a las emociones y las orientaciones afectivas. Expone asimismo la forma en que las emociones, en los espacios de mediación, afectan la interacción social en escenarios comunes.

En la novela, por un lado, se manifiesta la forma en que la voz toma orientaciones afectivas respecto del espacio circundante. La mirada puesta sobre el fondo de las acciones configura un tipo de relación que diluye la dicotomía y jerarquía entre lo humano y la materia, la posición del cuerpo en el espacio y el lenguaje de la voz. De este modo, se delimitan los contornos del entorno desde los afectos puesto que los alcances de la mirada y de las intensidades del cuerpo cobran relevancia, dan valor y sentido.

El lenguaje acompaña el movimiento en la medida en que mantiene una sintaxis extensa, desordenada y sin intervalos. Registros disímiles participan de las mismas construcciones enunciativas, así como también los diálogos, los sentires y lo observable suceden sin marcas diferenciables.

Por otro lado, intervienen en la relación afectiva y en los espacios de mediación el Estado y las instituciones. La comisaría, la asistencia social y la autoridad escolar convocan a la madre debido a transgresiones y faltas, a que participe de encuentros y puntos de reunión. Su intervención se detiene sobre las formas y las emociones que sostienen las acciones de la madre, dado que la discrepancia en las formas de orientarse hacia la maternidad promueve territorios de disputa y marca tensión en la configuración de lo común y de la interacción social. Es decir, dado que no se adecúa a la forma legítima que engloba maternidad, amor y cuidado sostenido, se desplaza del discurso hegemónico que impera sobre el rol. La intervención es, por este motivo, sistemática y responde a una estructura de poder en la que el parentesco se constituye de mandatos de género y roles asignados.

Sin embargo, la voz narrativa no manifiesta una denuncia explícita a la opresión sobre el cuerpo ni discute contra la búsqueda por imponer un mandato, sino que, en el desarrollo de la vida y del dinamismo emocional que produce, delimita y tuerce lo común. Las faltas cometidas exponen el carácter sentencioso del Estado que, con la excusa de la posible “mala maternidad” cuestiona y educa el cuerpo femenino. De este modo, se produce un corrimiento de las expectativas y de las jerarquías que desplazan las cualidades legítimas del parentesco: antes que reproducir y producir lo social normativamente, en la novela, la voz del cuerpo -la madre-, produce la vida sostenida por la variabilidad emocional.

 

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* Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y becaria doctoral de la Universidad Nacional de Hurlingham y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Contacto: carolina.rossini@unahur.edu.ar  

 

Carolina Rossini. “Las emociones ante la maternidad: reflexiones en torno a Precoz de Ariana Harwicz” en Zona Franca. Revista del Centro de estudios Interdisciplinario sobre las Mujeres, y de la Maestría poder y sociedad desde la problemática de Género, N°33, 2025, pp. 114-134. ISSN, 2545-6504 Recibido: 26 de mayo 2025; Aceptado: 5 de agosto 2025.

 

[I] Se trabaja con la noción de parentesco porque se busca tensionar la maternidad como rol social dentro de una estructura de poder que prescribe los roles de género, las emociones y las acciones, con la intención de producir y reproducir lo social. Como se muestra en el artículo, se busca exponer cómo las instituciones vigilan la figura de la “mala madre”, en tanto ideología que atenta contra la legitimidad de formas alternativas al parentesco dominante.