MELLÉN, Isabel. (2024) El sexo en tiempos del románico, Barcelona, Editorial Crítica, pp. 295.
Existe un antiguo refrán: “no juzgar un libro por su portada” y creemos que este es el caso. A prima facie pareciera tratarse sobre algunas representaciones de un movimiento artístico medieval, pero es mucho más que eso. La obra versa sobre las consecuencias sociales, políticas y culturales a largo plazo del conservadurismo eclesiástico sobre la sexualidad humana. La influencia clerical más estricta tuvo un doble corolario para Occidente. En primer lugar, erigió la imagen de una Edad Media represiva y cuya única voz era la de una parte de la Iglesia. En segundo lugar, desde el XIX el proceso de “recristianización” llevó a un reforzamiento de una sexualidad más represiva que respondía a una moral burguesa. Ambas han condicionado profundamente la forma en que se observa, percibe y entiende el arte románico. La hipótesis de la autora radica en sostener que el arte románico se configura como la expresión material de la puja de poder entre eclesiásticos y nobles. El control de la sexualidad redunda en una cuestión políticas puesto que en la sociedad medieval el poder y la preeminencia se sustenta en el nacimiento. En consecuencia, el sexo resulta ser la punta del ovillo del cual tirar para desentrañar este conflicto entre sectores dominantes.
La autora invita a desembarazarse de nuestros propios prejuicios y miradas condicionadas por el patriarcado sobre el rol de la mujer, una sexualidad limitada a la genitalidad y a la condicionante mirada masculina. Volver a revisitar diferentes esculturas de las iglesias del románico va a permitir un abordaje más amplio y rico sobre la sociedad de aquel momento. El objetivo de la investigación de la autora es poder indagar sobre las concepciones en torno al sexo, su influencia cotidiana y porqué se representó de una determinada forma. Mellén sostiene que las representaciones artísticas: “… reflejan la diversidad y vitalidad de una sociedad medieval a la que hemos tratado de encorsetar, durante demasiado tiempo, en nuestros propios tabúes” (p. 42).
A partir de esta introducción, la estructura formal del libro se despliega en cuatro capítulos y un epílogo. A lo largo de las páginas se reproducen representaciones artísticas aludidas en el texto, lo cual facilita y acompaña la lectura del análisis. Lo que sí resulta engorroso es la decisión -presumimos editorial- de colocar las referencias al final del libro.
Tal y como adelantó al inicio de la obra: el sexo será el tópico en el cual gire todo el libro puesto que lo considera la “piedra angular” (p. 35) de la disputa entre el sector eclesiástico y el nobiliario. También es importante detenernos en cómo define la autora al sexo. Puesto que resulta fundamental para comprender desde dónde se posiciona Mellén y lo vamos a encontrar a inicios del primer capítulo. En su análisis se presenta el cuidadoso proceder para no caer ni en un posicionamiento moralizante ni en “…la mirada pornográfica masculina…” (p. 44). La elección del vocablo sexo/sexual permite a la autora poder construir una definición que más se aproxime a las nociones y sentires de las personas de los siglos XI-XIII. En este punto, es menester dar cuenta del recorte temporal y espacial. Puesto que para el primero, la autora va a elegir un estilo artístico (siglos XI-XIII) y, en el caso del segundo, se va a situar en la Península Ibérica (especialmente el norte). Además, de limitarse al sector dominante (tanto nobles como clérigos) puesto que fueron quienes encargaban estas representaciones artísticas y podían pagarlas.
En el primer capítulo que explorará la noción de deseo sexual. La autora ya nos adentra en las diferencias en las concepciones medievales en torno a lo que se consideraba erótico. A diferencia de nuestra concepción que podría asociarse al desnudo o diferentes partes del cuerpo, en aquellos tiempos se valoraba las ansias o la contemplación más que la concreción del acto sexual. Lo cual conlleva a la autora a problematizar en torno a la imagen medieval: ¿era tan sólo un mensaje de un deber ser? Si bien, puede representar lo considerado como lo admitido normativamente, Mellén no descarta que fuera un espacio posible para la rebeldía. De esta forma, la autora dará paso al análisis de representaciones escultóricas de hombres, mujeres y de relatos de la literatura de amor cortés. Sobre este último aspecto, resulta muy interesante el análisis que hace sobre las metáforas que podrían encerrarse en las representaciones románicas. Esto abre todo un campo de indagación, pero Mellén no deja de contemplar que no siempre es posible poder comprender el propósito y el contexto de una imagen ya que eran múltiples.
Al segundo capítulo le corresponde analizar la relación entre el poder nobiliario y las representaciones artísticas románicas. Para ello, Mellén detalla los deberes correspondientes a hombres y mujeres dentro de los linajes y de cómo se mostraban en pinturas y esculturas de iglesias aristocráticas. En el contexto histórico medieval, la herencia (tanto material como títulos) se transmitían por la sangre, el vigor sexual masculino y la matriz femenina eran fundamentales para asegurar la pervivencia y la gloria de la estirpe. En consecuencia, la autora resalta “que el sexo era su razón de ser y una práctica cotidiana” (p. 98). Los sectores eclesiásticos que pretendieron imponer una moral sexual a través del modelo matrimonial no era sólo una cuestión de “valores” sino de disputa política. Este resulta en uno de los tópicos más interesantes de la investigación de la autora. Ya que, lejos de ser un asunto -que podríamos decir íntimo- se constituye en un asunto público y político por obtener la hegemonía y el control. En consecuencia, las representaciones artísticas -de sexo, partos, amamantamientos, etc.- se podrían leer en clave de propaganda política de los sectores nobiliarios, ya que eran las que legitimaban su preeminencia.
Pero como la misma autora señala, no siempre se podía garantizar la descendencia. Sobre este aspecto se centrará en el tercer capítulo. Las técnicas para la fertilidad y llevar adelante un parto exitoso tuvieron su registro en el arte románico. La autora destaca cómo las representaciones artísticas resultan ser más fidedignas a la anatomía humana que los escritos producidos en monasterios y universidades. Esto se debe a dos cuestiones. En primer lugar, los hombres de letras basaron sus conocimientos en -a su vez- otros hombres de la Antigüedad. En segundo lugar, los postulados no se fundamentaban en la práctica. Puesto que consideraban que la atención de mujeres embarazadas no era su función. Esto le permite a la autora aventurar la afirmación de que, para la constitución de aquellas obras artísticas, quizás, hubo una influencia de las parteras dado el realismo con la que cuentan. El otro gran tema abordado por la autora es la influencia generada por la recuperación de la obra de Aristóteles. Mellén destaca que, a partir de la llegada del filósofo -paulatinamente- se abandonó la teoría de la necesidad del esperma femenino para la concepción (elemento obtenido a través del placer). Según el ateniense las mujeres no tenían ninguna participación en la concepción más que aportar su receptáculo vacío receptáculo vacío. Sin embargo, la autora señala que no dejó de tener vigencia la teoría clásica de la importancia del orgasmo femenino para una procreación satisfactoria. Esto se evidencia en distintas representaciones artísticas en donde se resaltaba la fertilidad de las féminas junto al brío masculino para dar placer. En conjunto potenciaban la honra del linaje. Esto no nos debe hacer pensar en una igualdad entre conyugues, como señala la autora, la visión masculinizada de la sexualidad femenina era una constante. Pero también hay lugar para demostrar la influencia de las mujeres en los linajes a partir de uno de sus roles preponderantes: la maternidad. Ya que eran las garantes de dar continuidad a la estirpe. Por último, la autora aborda la pervivencia de cultos paganos que buscaban asegurar la fertilidad y cómo luego fueron re simbolizados, posteriormente, como demoníacos.
El último capítulo está centrado en la Reforma Gregoriana y sus consecuencias. Este proceso de transformación eclesiástica sólo pretendía colocar en lo más alto al pontificado sino también liberar del control laico a la Iglesia. Para ello, el nicolaísmo y la simonía eran las prácticas por erradicar. La autora señala cómo la imposición del celibato cortaría lazos afectivos y garantizaría la permanencia de los bienes dentro de la Iglesia. En consecuencia, el sexo se constituyó en el elemento central para hacer un doble juego: por un lado, encumbrar al sector eclesiástico por no caer ante las tentaciones carnales, y por el otro, cortar vínculos con sus familias. El impulso represor de la sexualidad fue una de las estrategias de los defensores de la Reforma. Pero no fue tan sencillo de lograr. Mellén expone cómo las mujeres nobles tuvieron un rol preponderante para el triunfo de esa postura y esto se debe a dos factores. En primer término, por el lugar ocupado en sus familias estaban en contacto con órdenes regulares (principales defensores del celibato). En segundo, para congraciarse con las monarquías, ya que reyes y reinas eran sus principales impulsores de estos nuevos clérigos regulares y, así, obtener beneficios para sus estirpes. La llegada de Cluny resulta ser un estudio de caso que toma la autora para demostrar esto último y cómo se ocuparon del “negocio de la muerte” a partir de desplazar a las mujeres de esa función. Pero esto no fue la única consecuencia, como más adelante la autora muestra, empeora la condición femenina al marcarlas como incitadoras al sexo. De este capítulo también es de destacar la cuestión transgénero como práctica observable en relatos hagiográficos o representaciones artísticas. Cada vez hay más investigaciones que vienen a traer a colación experiencias y vidas que cambiaron de género lo cual abre toda una veta investigativa que augura un horizonte promisorio.
Finalmente, el epílogo viene a reformar lo postulado en la introducción: el rigorismo eclesiástico en torno a la sexualidad no era tan medieval como pensábamos sino más bien contemporáneo. En los siglos XIX y XX se construyó un discurso negativo en torno a la sexualidad con especial énfasis en la opresión a las mujeres. En palabras de la autora: “se señaló la misoginia eclesiástica como un mal endémico del pasado para no indagar en las radicales opresiones que sufrían las mujeres de nuestros siglos más cercanos; se blanqueó a los ideólogos rigoristas de la represión sexual, del odio hacia las mujeres de la homofobia y se les nombró santos y doctores de la Iglesia centurias después de haber instalado sus ideas más radicales.” (p. 237). Y como ya demostró a lo largo de la obra, el control del sexo no era una cuestión religiosa sino una lucha política. Mellén más allá de la investigación lo que intenta -y logra- es dar cuenta del origen de postulados que han atacado, cuestionado y perseguido las conductas sexuales. En tiempos en que se producen la vuelta de discursos conservadores antiguos con nombres nuevos este libro se vuelve más que necesario para poder comprender y luchar en los tiempos actuales. Además, demuestra la importancia y vigencia de estudios críticos y profundos sobre la Edad Media occidental.
Emilce Valenzuela*