La bolivianidad generizada.

Modos femeninos de construir y movilizar la nacionalidad en la periferia de la ciudad de La Plata

Federico Rodrigo

Resumen

En este trabajo analizamos la producción de bolivianidad -y de lógicas de intervención de la “colectividad” que se definen a partir de ella- que realizan mujeres migrantes asentadas en la periferia de la ciudad de La Plata, Argentina. La pregunta por la experiencia femenina es un modo de indagar los sentidos y formas de vivir la nacionalidad que quedan desplazados de la visibilidad pública, así como sus tensiones y retroalimentaciones con las impulsadas por las asociaciones que buscan representar esta identificación. Buscaremos poner sobre relieve que, en determinadas circunstancias, ciertos criterios y lógicas asociadas a esta bolivianidad femenina pueden derivar en formas de acción social colectiva novedosas. De esta manera, el artículo busca destacar la heterogeneidad de género en la experiencia de la nación y en la movilización de la nacionalidad en distintos contextos de intervención.

 

Palabras claves: Migración – Género – Nacionalidad – Acción colectiva – Mujeres

The gendered Bolivianity

Female ways of building and mobilizing the nationality in the periphery of the city of La Plata

Abstract

In this paper we analyze the production of bolivianity -and the logics of intervention of the "collectivity" that are defined from it- that made migrant women settled in the periphery of the city of La Plata, Argentina. The question for women's experience is a way of investigating the senses and ways of living the nationality that are displaced from public visibility, as well as their tensions and feedback with those promoted by associations seeking to represent this identification. We will also seek to highlight that, in certain circumstances, certain criteria and logic associated with this feminine bolivianity can lead to forms of innovative collective social action. In this way, the article seeks to highlight the heterogeneity of gender in the experience of the nation and in the mobilization of nationality in different contexts of intervention.

 

Key words: Migration - Gender - Nationality - Collective action - Women

Al menos desde la década de 1990 los trabajos que abordaron la articulación de identificaciones migrantes en la República Argentina contemporánea señalaron que éstas suponen un modo político de ser en el espacio público, que se encuentra tensionado por las construcciones de la argentinidad y sus lógicas de reconocimiento de las alteridades (Grimson, 1999; Gavazzo, 2004; Caggiano, 2005; Halpern, 2009). Al mismo tiempo, las investigaciones señalaron disputas y criterios excluyentes en la producción de los posicionamientos y en la hegemonización de los agrupamientos, destacando al género, la clase, la etnia, la raza, la pertenencia urbana o rural –entre otras- como dimensiones que limitan las posibilidades de ocupar un lugar de relevancia en las organizaciones de las diferentes “colectividades” y de constituirse en sus portavoces.

En la medida en que los procesos migratorios se constituyen generizados, es decir, imbricados en las limitaciones y potencialidades que definen las relaciones de género –en su intersección con otros aspectos de la diferencia y la desigualdad- para los diferentes sujetos (Pessar y Mahler, 2001; Pessar, 2005; Hondagneu-Sotelo, 2011), las posibilidades de adoptar y constituir luchas y posicionamientos ciudadanos están fuertemente atravesadas por esta cuestión. En sintonía con lo señalado por diferentes autoras feministas (Pateman, 1990; Fraser, 1997), los modos patriarcales de organización familiar en los contextos migratorios impactan en las posibilidades de las mujeres de insertarse laboralmente y de intervenir en los contextos de destino. Esta dinámica se ha ido transformando paulatinamente posibilitando la emergencia de voces públicas femeninas (Magliano, Perissinotti y Enklusen, 2005; Caggiano, 2012; Maure y Encinas, 2017), no obstante los espacios de representación de los distintos grupos continúan siendo predominantemente masculinos (OIM-CEMLA, 2004).

De esta manera, si siguiéramos criterios rígidos o formalistas de lo político, nos encontraríamos con que una amplia mayoría de las mujeres migrantes se encuentran excluidas de las esferas inter e intra culturales de conformación de lo común. Nuestra hipótesis de trabajo es que estas posiciones no sólo invisibilizan la existencia de otras tramas sociales y simbólicas en los diversos colectivos, sino que además limitan nuestra capacidad de conceptualizar la relación entre la pertenencia y las formas de participación. La focalización en quienes “toman la voz” puede opacar la multiplicidad de experiencias silenciosas que constituyen a las “colectividades” y que, en ciertas circunstancias, pueden conformar modalidades de cuestionamiento y resistencia de las opresiones (Stone-Mediatore, 1990; Elizalde, 2008), así como formas de aparición e intervención novedosas (Scott, 2015). Recuperando esta agenda, entonces, en este trabajo buscamos reconocer la producción realizada por mujeres migrantes asentadas en la periferia de la ciudad de La Plata, Argentina, de una bolivianidad -y de lógicas de intervención de la “colectividad” que se definen a partir de ella- diferente a la de sus paisanos varones.

La migración boliviana a la región Metropolitana de este país se constituye fundamentalmente en términos “familiares”, incorporando una división sexual del trabajo que sitúa a los maridos en el ámbito laboral y en la mayoría de los espacios de representación étnico-nacionales (OIM-CEMLA, 2004) y a las mujeres en el cuidado doméstico. Por supuesto que existen numerosas condiciones y circunstancias que complejizan –y redefinen- el panorama, inclusive organizaciones de mujeres bolivianas (Caggiano, 2018: Maure y Encinas, 2017), pero el protagonismo masculino en la producción de posiciones de enunciación colectiva posee una recurrencia ineludible (Benencia y Karasik, 1994; Magliano, 2009 y 2013; Magliano, Perissinotti y Zenklusen, 2013; Malimacci, 2012 y 2016). Por este motivo, la pregunta por la experiencia femenina es un modo de indagar los sentidos y formas de vivir la nacionalidad que quedan desplazados de la visibilidad pública, así como sus tensiones y retroalimentaciones con las impulsadas por las asociaciones que buscan representar esta identificación. También buscaremos poner sobre relieve que, en determinadas circunstancias, ciertos criterios y lógicas asociadas a esta bolivianidad femenina pueden derivar en formas de acción social colectiva novedosas.

Benedict Anderson afirma que las pertenencias “nacionales” se formaron gracias a la invención de la imprenta, a partir de la circulación amplia de periódicos y novelas que permitieron a los sujetos la posibilidad de imaginar por medio de la experiencia lectora un tiempo y un espacio común que compartirían –el espacio homogéneo y vacío de la nación entendida como “comunidad imaginada” (Anderson, 2007). Esta posición fue problematizada desde la perspectiva poscolonial, al señalar que la comunidad imaginada no se constituye cómo un espacio único y uniforme, sino que es el resultado de lugares y relaciones heterogéneas (Chatterjee, 2007), dando lugar a formas de experiencia de la nación no siempre coincidentes con el modelo forjado durante la modernidad europea. La pregunta por “lo nacional”, entonces, es un interrogante por las condiciones y formas específicas en que los sujetos se figuran esta pertenencia común.

Las reflexiones vertidas en este texto se desprenden de dos experiencias de campo distintas. En primer lugar, entre los años 2010 y 2013 realizamos una investigación sobre los procesos de “incorporación” (Glick Schiller, et. al., 2006) de mujeres bolivianas asentadas en un barrio de La Plata denominado Altos de San Lorenzo. De esta manera, efectuamos observaciones participantes en diferentes ámbitos festivos, laborales y políticos del barrio, con especial atención a un comedor comunitario perteneciente a un movimiento piquetero en el cual la mayoría de sus integrantes eran migrantes. Además, mantuvimos entrevistas en profundidad con mujeres y hombres de esa nacionalidad y algunos/as referentes/as políticos/as argentinos/as. Por otro lado, a partir del año 2013 y en el marco de una investigación sobre la política consular del Estado Plurinacional de Bolivia en la ciudad y sus articulaciones con las asociaciones de migrantes locales, volvimos a la zona y mantuvimos entrevistas en profundidad con integrantes de una asociación de migrantes y desarrollamos observaciones en sus actividades.

Es importante destacar que en los últimos años en la Argentina se desarrolló un campo de estudios de género y migración. A través de investigaciones que destacan la feminización de los flujos que arriban a este país[I] (Cerruti, 2010), la relevancia del género en las trayectorias migratorias (Caggiano, 2003; Courtis y Pacecca, 2010; Magliano, 2007), en la inserción laboral de trabajadoras extranjeras (Cacopardo, 2004; Maliamacci, 2012 y 2016; Magliano, Perissinotti y Zenklusen, 2013) y la problemática de la trata de personas (Courtis y Pacecca, 2008), se constituyó una agenda que enfoca en las particulares condiciones que atraviesan los/as migrantes en los diferentes contextos de asentamiento.

Especialmente interesante nos resulta la advertencia de que el discurso sobre la feminización de las migraciones visibilizó un tipo particular de proyecto (el de migrantes “pioneras”), pero opacó otras trayectorias que son de gran relevancia. El hallazgo de mujeres que se desplazan en contextos familiares y de una organización social que responde a parámetros –laborales y políticos- patriarcales no agota los interrogantes respecto a la experiencia femenina. Inclusive, la bibliografía ha repuesto dinámicas en las que, a partir de la conformación de una masa crítica de trabajadores, fueron sus esposas las que desarrollaron "espacios bolivianos" de sociabilidad en distintos contextos de asentamiento demostrando que los procesos de etnización no siguen secuencias lineales y, en muchos casos, se sostienen por la práctica diaria femenina (Malimacci, 2012).

Entonces, explorando esta agenda en Altos de San Lorenzo pudimos reconocer un nacionalismo afectivo que se trama en redes locales de relaciones de mujeres, diferente tanto a los posicionamientos que tienen lugar en festividades y otras actividades “culturales”, como a los que desarrollan asociaciones que pretenden interactuar con entidades estatales y civiles del contexto de recepción. Este modo de vivenciar la identidad, que aparece usualmente desplazado de los ámbitos de presentación pública, permite la constitución de tópicos y modos de comprender la experiencia que, en ciertas circunstancias, adquieren protagonismo y definen el modo de intervención que desarrollan los/as migrantes -en tanto migrantes- frente a determinados conflictos. De esta manera, el artículo busca destacar la heterogeneidad de género en la experiencia de la nación y en la movilización de la nacionalidad en distintos contextos de intervención.

Lógica familiar de la migración boliviana a Altos de San Lorenzo

Altos de San Lorenzo es uno de los barrios más grandes y poblados de La Plata. Se encuentra al sudeste de su casco fundacional y es un sector de la periferia urbana consolidado de manera tardía: se localiza en el extremo opuesto al área con mayor desarrollo de la ciudad, representada por el eje La Plata-Buenos Aires (Segura, 2015). Nuestro trabajo tuvo lugar en una zona particular en la que se concentran numerosos migrantes bolivianos/as, que se asentaron allí a partir de la década de 1990 cuando comenzó a habitarse.

Allí confluyen cadenas migratorias que se inician principalmente en poblados del departamento de Chuquisaca, de Cochabamba y de La Paz. Tal como ha sido destacado para otros contextos, las redes de relaciones que constituyen los circuitos y sostienen los proyectos migratorios le dan a la zona una dinámica vincular densa que provoca su reconocimiento como barrio de bolivianos/as (Mugarza, 1985; Balán, 1990; Benencia y Karasik, 1994; Grimson, 1999 y 2000; OIM-CEMLA, 2004; Gavazzo, 2004; Caggiano 2005; Benencia 2007).

A su vez, en sintonía con lo planteado por diversos trabajos que analizan la migración boliviana a la Argentina (Benencia y Karasik, 1994; Magliano, 2009 y 2013; Magliano, Perissinotti y Zenklusen, 2013; Malimacci, 2012 y 2016), la familia se constituye aquí en la entidad que organiza y da sentido a las trayectorias. De esta manera, en la mayoría de los casos nos encontramos con desplazamientos que se iniciaron con la partida del marido y que, luego de un tiempo variable, culminó con la llegada de la esposa y los/as hijos/as. Por otro lado, también se destaca el caso de personas que migraron en la infancia o la juventud y que fueron formando sus propias parejas en el contexto de destino.

Al mismo tiempo, la organización familiar conlleva diferentes representaciones acerca de las relaciones de género y los roles femeninos y masculinos. En este sentido, la mayoría de las mujeres que entrevistamos en Altos de San Lorenzo concebía su vida como proyecto conyugal. Esta cuestión mediaba la mayor parte de sus actividades y proyecciones, apareciendo como referencia en las conversaciones más variadas. Inclusive, cuando nos explicaban el proceso de organización de fiestas ligadas a Bolivia en el barrio, destacaban que la unidad de participación es la pareja.

Una joven llamada Alejandra, soltera, arribada a la Argentina con sus padres siendo niña a mediados de la década de 1990, refería a una “tradición” que regularía los rituales y asociaba este imperativo “ancestral” con “responsabilidades” económicas vinculadas a las labores que demandan dichos eventos. En una conversación en la que volvimos sobre la cuestión, en la que le preguntamos por las posibilidades de organizar la fiesta para varones y mujeres, ella afirmaba este criterio:

Es más cuando son mujer y varón, cuando son pareja. Es mejor que una mujer soltera o un hombre soltero. Porque van viendo que sean juntados o casados pero que sean hombre y mujer, es la tradición. Porque es como que le da una responsabilidad muy grande a una mujer soltera o a un hombre soltero.

De modo aparentemente concordante, otros estudios señalan que de acuerdo a la “noción de dualidad y complementariedad en las relaciones de género que caracteriza la cosmovisión aymaro-quechua” (Giorgis, 2004: 36) el requisito más importante para “pasar fiesta” entre los/as migrantes provenientes de la región andina suele ser integrar una pareja conyugal. Por nuestra parte, entendemos que este tipo de concepciones operan aquí con un carácter residual. Es decir, se trata de un elemento cultural que “ha sido formado en el pasado pero todavía se halla en actividad en el proceso cultural” (Williams, 2009: 167) al ser re-interpretado en el contexto de las relaciones y discursos que conforman el devenir contemporáneo.

La cita evidencia que las concepciones sobre la organización de la festividad se formulan desde un conjunto de representaciones de género. La contratación y consecución de elementos necesarios para la realización de la festividad se considera inviable en caso de abordarse de modo individual. Así, encontramos en las referencias a la “tradición” que realiza Alejandra un reenvío hacia las concepciones que destacan la importancia del matrimonio en las experiencias de los/as migrantes. De esta manera, el testimonio señala las carencias materiales y simbólicas que, en el marco de trayectorias posibles que ella reconoce para un/a migrante, representa la soltería.

No implica ninguna novedad que en este tipo de configuraciones se delimite con mucha nitidez una división sexual del trabajo que reserva las tareas domésticas para las mujeres. La bibliografía ha señalado reiteradamente al grupo familiar –patriarcalmente organizado- como base de un sistema de relaciones sociales y de la cotidianidad en la cual las esposas se ocupan del hogar y las tareas de cuidado y los maridos de proveer los recursos necesarios para las diferentes actividades (Fraser, 1997; Torns, 2008). Esta lógica tensionaba en Altos de San Lorenzo las posibilidades de las migrantes de desarrollar actividades fuera del hogar, inclusive en contextos laborales o militantes.

A mediados de 2010 en uno de los comedores comunitarios del barrio se discutió la posibilidad de imponer un sistema de multas económicas para quienes se ausentaran o llegaran tarde a las asambleas. En este sentido, otra joven arribada a la Argentina siendo pequeña llamada Eugenia nos decía:

Y yo pensé que [el sistema de multas] estaba bien. Porque siempre empezábamos [la asamblea] a eso de las cinco de la tarde y no te da tiempo porque las mujeres cocinan. A las cinco ya se ponen a cocinar para que esté la comida a las seis, seis y media. A esa hora llegan los maridos (…) La mujer boliviana tiene que cumplir el horario de que llega su marido y la comida tiene que estar… y la casa ordenada. Eso sí, es obligatorio para una mujer casada o con hijos.

La respuesta de Eugenia recuerda la caracterización como función femenina del trabajo doméstico entre los/as migrantes bolivianos/as que realizaron Benencia y Karasik (1994), al establecer tareas –y horarios- de carácter “obligatorio” para las mujeres. Cocinar, limpiar, ordenar y ocuparse del cuidado de los/as hijos/as son las actividades que estructuran la vida de madres y esposas organizando la cotidianeidad en función de su cumplimiento. Alterar el orden de prioridades aparece en la entrevista como una irresponsabilidad grave, que explicaría su interés en garantizar el respeto de los horarios predefinidos para la realización de las asambleas.

De acuerdo con este criterio los hombres “salen” y “hacen fuerza” en sus trabajos como empleados en la construcción. El esfuerzo físico durante largas jornadas laborales es considerado su aporte a la familia. Desde esta perspectiva, su capacidad de sacrificio es valorada porque garantiza una retribución económica que permite la reproducción de la vida doméstica. Ellos, entonces, mantienen la responsabilidad principal de los ingresos familiares, mientras que las mujeres, si trabajaran fuera del hogar por una remuneración, lo harían para “ayudar”. Los roles del “proveedor” y de la “cuidadora” se corresponden aquí, una vez más, con “lo masculino” y “lo femenino”  (Fraser, 1997).

En otra de nuestras conversaciones, una mujer Cochabambina llamada Felipa, que se desempeñaba en una de las cuadrillas de limpieza que organiza uno de los movimientos piqueteros de la zona, reponía el modo en el que se organiza la reproducción material de su hogar:

- Cada semana él [mi marido] cobra y me da cada semana. Agarro la plata

- Y usted va comprando todo lo que hace falta

- Todo, sí… Y lo que me pide él, lo que falta, él también me pide y yo le doy.

-¿Por qué? ¿Los hombres manejan mal la plata?

- No. Pero no sé cómo puede agarrar el hombre. ¿Todos los días puedo pedirle lo que me falta en la casa? No. ¿Hasta el trabajo puedo ir a pedir? No. Lo que agarro, lo que falta en la casa, todos los días siempre falta.

-¿Y el hombre no va a ir a fijarse qué falta?

- No, no, no. No sabe: qué falta, qué necesitan los chicos, si tienen zapatillas o no tienen… Con el trabajo nomás (…). Se preocupa del trabajo nomás.

Esta diferencia también tiene un correlato en la producción de organizaciones y eventos ligados a la bolivianidad. En Altos de San Lorenzo los espacios de visibilización de la posición étnico nacional son fundamentalmente la fiesta de San Severino[II], un pequeño conjunto de restaurantes que sirven comidas “típicas” en la calle donde se realiza la celebración, un importante torneo de fútbol masculino que reúne alrededor de 20 equipos de jugadores “bolivianos” en un predio los fines de semana y una asociación.

Los dos primeros son llevados adelante fundamentalmente por parejas: en ellas los maridos son los encargados de realizar trámites y sostener –cuando es necesario- el diálogo con autoridades, mientras que las mujeres se encargan de cocinar y, junto con los hombres, efectúan otros preparativos como la coordinación con distintos participantes –como por ejemplo grupos de danzas- y proveedores. El torneo de fútbol, por su parte, nuclea equipos compuestos por jugadores asentados en numerosos barrios de la ciudad y, si bien no es considerado por sus protagonistas como un ámbito de reivindicación identitaria sino que prima su sentido recreativo, el espacio de confluencia que genera resulta importante en la producción étnico-nacional[III].

Junto con la asociación –que fue creada en 2012 para presentar el reclamo de seguridad de las personas bolivianas ante las autoridades policiales y judiciales luego de la reiteración de situaciones de delito y violencia en el barrio- fueron parte de la producción de instancias de organización de migrantes de una escala mayor: la Federación de Instituciones Bolivianas de La Plata y el comité local del partido político boliviano Movimiento Al Socialismo- Instrumento Para la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP). En la medida en que los principales cargos de la comisión directiva de la asociación están ocupados exclusivamente por varones, son ellos quienes participan de estos ámbitos.

En síntesis, la lógica familiar que adquieren las trayectorias migratorias de las personas asentadas aquí –así como las relaciones de género sobre las que se constituye- incide claramente en las dinámicas de la etnización a partir de las que se produce bolivianidad en la zona. En este sentido, la representación de la identidad nacional –es decir, la autoridad y la predisposición subjetiva para hablar en nombre del colectivo y hacerlo existir como fuerza real dentro de diferentes esferas y escalas de actividad- suele estar asociada a los varones, que son quienes desempeñan los principales roles en las organizaciones y eventos en donde se escenifica la pertenencia.

De esta manera, aquí parece reproducirse nuevamente una modalidad de funcionamiento social en la cual las posibilidades de participar de lo público aparecen constituidas con criterios de género excluyentes (Pateman, 1990; Fraser, 1997; Scott, 2012). Las mujeres, así, quedarían relegadas a lo doméstico manteniendo una posición secundaria en la producción de la nacionalidad. Sin embargo, la atención más profunda en las dinámicas de socialización nos permite complejizar el análisis.

Geografías de género y heterotopías nacionales

En la medida en que los hombres salen a trabajar y se encuentran la mayor parte del día fuera, la conformación de una trama social boliviana en el barrio se sostiene principalmente en relaciones entre mujeres. Esta trama local, a su vez, permite extender sus esferas de interacción sin poner en cuestión la responsabilidad doméstica, ya que se constituye con salidas del hogar temporalmente reducidas. Inclusive, las inserciones laborales de las mujeres bolivianas de la zona que trabajan fuera del hogar por una remuneración implican desplazamientos limitados: los comedores comunitarios de partidos y movimientos, que a través de la participación posibilitan el acceso a diferentes políticas sociales -como la creación de cooperativas de servicios de limpieza municipales-, la atención de comercios o la distribución de productos –especialmente cosméticos- a través del sistema de “venta directa[IV] son algunas de las principales.

En este marco, la propia reproducción de las obligaciones hogareñas parece estar en la base de la actualización de los sistemas de sociabilidad barrial. Numerosos testimonios dan cuenta de que tanto los espacios de aprovisionamiento -supermercado, por ejemplo- como los ámbitos relativos al cuidado de los hijos -el jardín de infantes o catequesis- operan como instancias de encuentro con “otras” que habilitan (o re-habilitan) relaciones de amistad. Obviamente, los hogares también son nodos privilegiados de estos sistemas, que se sostienen en buena medida por medio de visitas con una recurrencia intensa.

Las regulaciones de género de las prácticas espaciales –y de la temporalidad- que registramos recuerdan las observaciones acerca de la “reducción de la autonomía” de las mujeres bolivianas en el Área Metropolitana de Buenos Aires que ya en la década de 1980 realizaba Balán. En sus análisis constataba que tanto las condiciones del mercado de trabajo en destino como las configuraciones de las relaciones de género operaban como restrictivos de las oportunidades laborales[V] a las que accedían las migrantes en Capital Federal y el Gran Buenos Aires impactando, entre otras cuestiones, en sus desplazamientos geográficos (Balán, 1990).

Por su parte, en su etnografía de la experiencia urbana de sectores populares desarrollada en Altos de San Lorenzo, Segura también reconoce diferencias entre varones y mujeres en sus itinerarios por la ciudad. De acuerdo con su planteo, “el almacén, el comedor, la escuela y la salita son espacios específicamente femeninos, puntos a partir de los cuales las mujeres organizan cognitivamente el resto de la morfología urbana (Delgado, 2007: 238) y ordenan sus andares, con itinerarios del tipo casa, escuela, trabajo, escuela, almacén, casa; o casa, salita, casa, escuela, casa” (Segura, 2015: 137).

Esta territorialidad generizada resulta fundamental en la constitución de un circuito de relaciones entre migrantes del barrio en el que también se desarrolla un sentido particular de la bolivianidad. Identidad y espacio, entonces, se co-constituyen (Massey, 2007) en el proceso de conformación de las tramas de mujeres, habilitando los sentidos contenidos en el señalamiento del lugar como “barrio de bolivianos/as”, como usualmente destacan. Es decir, las dinámicas de socialización delimitan –y son delimitadas por- una geografía barrial en y a partir de la cual se produce un tipo de reconocimiento particular.

La búsqueda de personas con una experiencia compartida, es decir, partícipes de la migración y las consecuencias que la misma implica es una característica recurrente de muchas experiencias migratorias (Massey et. al., 2000). Los miedos, las incertidumbres y las complejidades de un nuevo marco social en el cual insertarse aparecen en el horizonte conversacional de los/as arribados/as, que recrean sus pertenencias en sus contextos de asentamiento. Aquí esta dinámica favorece la realización de fiestas y asociaciones, pero también posibilita modos diferentes de elaborar -y valorar- la identidad nacional.

Aquí, la pertenencia nacional no sólo se destaca como construcción ritual o como modo de posicionamiento político en el desarrollo de una demanda, sino que se diluye (y constituye) en el mismo tiempo de la vida, se torna inseparable de la narración de experiencias personales y referencias a los/as hijos/as, se carga de emociones, anécdotas, deseos y temores que emergen de las vivencias que las migrantes comparten. Las anécdotas refieren a una experiencia recurrente del salir al mundo, enfrentar los miedos y los problemas que se produce a partir de poder compartir parte de estas vivencias con otras. Nos decía en este sentido una mujer cocahabambina llamada Santusa, a raíz de sus conversaciones con las “paisanas” que se encontraba en el supermercado.

- Porque yo entraba y ya sabía que era una paisana  (…) Y ahí nomás saludo, me saluda y le digo “¿de dónde sos? ¿De Cochabamba sos?” me dicen que sí, pero “no soy de Cochabamba, soy de tal parte” y ahí nomás conocimos, hablamos y preguntamos. Yo también pregunté, “mira que yo tenía miedo de subir al micro” porque aquí ponemos moneda, pero en Cochabamba no… Eso yo tenía miedo también. La primera vez que subí al micro no sabía dónde poner las monedas.

Sobrellevar los miedos que genera el aprendizaje y desarrollar las aptitudes necesarias para atravesar satisfactoriamente el proceso es un aspecto característico de la vivencia de las mujeres en Altos de San Lorenzo. Su experiencia se vincula con el reconocimiento e identificación con otras migrantes que comparten problemáticas domésticas y vecinales enlazadas con sus nuevas vivencias urbanas: el funcionamiento de los colectivos, la atención sanitaria en los distintos centros públicos, el colegio de sus hijos/as, los robos y agresiones y las estrategias para evitarlos, las diferentes oportunidades laborales que se presentan contingentemente son algunos de los tópicos que dan vitalidad al encuentro entre “paisanas”.

En este sentido, la identificación que reconocemos no supone la posesión de atributos contenidos en un compendio de características nacionales. La bolivianidad aquí aparece como un marco de referencia que explica algunos riesgos a los que expone la vida urbana o a las dificultades y oportunidades que encuentran para sus hijos/as. Señala una complicidad (y una “confianza”) que se nutre de la certeza de estar compartiendo una vivencia particular, una vivencia que no comparten otras mujeres no-migrantes y/o no-bolivianas ni sus conncionales masculinos.

En estas esferas de interacción femeninas se constituyen criterios alternativos y, en ciertos casos, divergentes de las producciones y estrategias de movilización de la identidad pública mencionadas previamente. Si bien las festividades son destacadas como parte de las prácticas que otorgan bolivianidad al barrio e, inclusive, logran un nivel de participación femenina que no tienen otras actividades, muchas de las mujeres afirmaban que no se sentían a gusto en ellas. Cristina, una mujer de Sucre, por ejemplo, hacía una comparación entre los festejos públicos y los privados y señalaba que era en estos últimos donde se sentía a gusto entre paisanos/as:

- Más que todo cuando hacen una fiesta así de un bautizo o cumpleaños… A esas cosas sí, así fiesta de noche no, me da miedo salir de noche. Porque más me siento más confiable me siento entre mis conocidos, donde la fiesta esta todo entre conocidos

- Te sentis más cómoda

- Más segura...Escucho muchas cosas, se agarran a trompadas

- Te da miedo en ese sentido

- Claro, no conozco a esas personas, casi no salgo.

El excesivo consumo de alcohol, el delito y las peleas aparecen en los testimonios de muchas mujeres como un elemento característico de estos eventos que limitaba sus deseos e interés en participar. Además de una oportunidad de encuentro y elaboración de una pertenencia colectiva, especialmente durante la noche, la fiesta es presentada como un ámbito peligroso, asociado a prácticas masculinas rechazadas.

Pero al mismo tiempo, los ámbitos en los que se constituye la bolivianidad pública también son rechazados por otras cuestiones. Algunas mujeres nos comentaron que, luego de cierto interés inicial por las posibilidades de que la asociación constituida en el barrio logre disminuir los delitos que sufren los/as bolivianos/as, abandonaron la participación debido a que a partir de algunas gestiones frustradas -como citas con funcionarios suspendidas y un encuentro en el barrio con el comisario responsable de la zona al cual el representante policial no asistió- sus expectativas fueron menguando.

Francisca, empleada de un comercio y proveniente de Sucre, entendía que el carácter nacional de la organización habría sido uno de sus principales obstáculos para conseguir respuestas estatales. De acuerdo con el testimonio, la discriminación de los funcionarios hacia los/as migrantes dificulta su posibilidades de gestión. Nos decía:

- A diario sienten, siempre te discriminan… Por eso, porque no te va a dar bolilla, porque te va a decir algo… [Quienes emprenden las negociaciones] tienen miedo de que les digan “vayan a su país”, hay mucha discriminación en todos lados creo.

En esta interpretación la posición de subordinación de los/as bolivianos/as los/as margina de la legitimidad necesaria para sostener y profundizar este tipo de reclamos. Ahora bien, el peso negativo de esta identificación no es ponderado del mismo modo por todos/as los/as habitantes de Altos de San Lorenzo, ya que muchos/as de ellos/as continuaron participando de la experiencia. Por el contrario, la evaluación negativa de la identificación migrante en los procesos de movilización colectiva se registra especialmente en mujeres que ocupan un lugar secundario en la producción de una bolivianidad pública en esta zona.

La nacionalidad, entonces, no sólo se constituye como forma política de presentación en un espacio tensionado por las construcciones de la argentinidad y sus lógicas de reconocimiento de las alteridades. Para estas mujeres, por el contrario, la pertenencia es configurada en distintos procesos de interacción que se constituyen enfatizando la reciprocidad y la cercanía afectiva entre sus participantes: se articula en la trama de sociabilidad barrial, se desarrolla profundamente imbricada con las vivencias de las personas. La experiencia de la “comunidad imaginada” (Anderson, 2007), así, evidencia la multiplicidad de modalidades que adopta, se presenta como heterotopía (Chatterjee, 2007).

Si bien este modo generizado de vivir y constituir la identidad nacional se desarrolla de modo paralelo a las producciones de asociaciones y colectivos culturales, en ciertas circunstancias se evidencia fundamental en la acción social de los/as bolivianos/as. La reacción luego del asesinato de un joven nos permite adentrarnos en esta cuestión.

Modos (generizados) de conformar un lugar propio

Desde hace algunos años los/as migrantes bolivianos/as afirman que su adscripción nacional los/as vuelve un objeto privilegiado de los agentes de la “inseguridad” del barrio, ya que sufrirían más asaltos que los/as otros/as habitantes y que, en esas situaciones, soportarían mayores niveles de violencia por parte de los agresores. Esta cuestión es parte de sus conversaciones cotidianas y, también, ha dinamizado la creación de la asociación local.

En este marco, luego de varias situaciones delictivas que generaron intercambios intensos entre los/as migrantes y protestas frente a la comisaría del barrio, a fines de 2013 se produjo el asesinato de un joven. Si bien no era la primera vez que se registraba este tipo de hecho, en esta oportunidad generó una reacción sin precedentes. Una cantidad muy grande de personas participó del velorio y el entierro del fallecido convirtiendo a estos rituales en espacios de intercambio y de elaboración conjunta de la bronca y la desazón. De acuerdo a los testimonios, fueron especialmente las mujeres las que manifestaban la mayor indignación. Nos decía en este sentido un comerciante paceño llamado Francisco:

La bronca era más que nada de que no les encontraban a ellos [a los responsables]. Las mujeres estaban enojadas, entonces salieron a buscarlos y todos salimos.

De esta manera Francisco aludía a que, luego del cementerio, a raíz de la iniciativa femenina alrededor de 100 personas se dirigieron hacia las casas de los presuntos implicados para castigarlos por sus acciones. Como ninguno se encontraba, prendieron fuego las casillas y amenazaron a los/as familiares presentes. En las semanas siguientes, la intervención del Viceconsulado del Estado Plurinacional de Bolivia en La Plata propició las conversaciones entre las autoridades policiales y políticas de la ciudad y la asociación del barrio para encauzar institucionalmente las demandas de seguridad.

La seguridad es una problemática presente en el debate público en la Argentina desde las últimas décadas del siglo XX. La preocupación por el delito, la experiencia del miedo y la centralidad de las víctimas son elementos recurrentes en los medios de comunicación y en el discurso político (Kessler, 2009; Focas y Fernández, 2014) que tienen un correlato particular entre los/as migrantes de Altos de San Lorenzo. Aquí estas cuestiones conectan con la experiencia de la discriminación y la constitución de la extranjería en un criterio de diferenciación entre sus habitantes (Cravino, 2014; Baeza, 2014; Vaccotti, 2018). Entonces, esta temática ha permitido el desarrollo de un contexto de audibilidad de la movilización de un sujeto migrante.

Pero al mismo tiempo moviliza diferentes elaboraciones y estrategias. Mientras que para quienes buscan conformar un espacio de representación nacional forma parte del reclamo de cumplimiento de diferentes derechos y conecta con la reivindicación de la diferencia y la apropiación de la posición identitaria, es decir, configura un registro discursivo a partir del cual se conforma un colectivo político, para otras personas simboliza un tópico que se aborda en el propio marco de relaciones que constituyen la vida diaria. En los planteos de las mujeres el delito se presenta como un riesgo latente en la vida cotidiana, como nos explicaba una Sucreña llamada Cristina al relatar las dificultades que se le presentaban ya que sus hijos/as no podían volver solos del colegio a sus hogares:

- Ya todo es muy difícil, [cuando] salen de la escuela, a todos ellos siempre les… O sea tienen miedo, los chicos no quieren ir a la escuela por todo eso, porque ya un día están traumadísimos y hay que ir por ellos.

La inseguridad en el testimonio de las mujeres es fundamentalmente un asunto de arreglos domésticos y familiares. El miedo, que en la circunstancia a la que refiere la cita es atribuida fundamentalmente a los/as niños/as, también es un sentimiento que ellas afirman experimentar. Cuestiones que las involucran -directamente o indirectamente a través del resto de los/as integrantes de sus hogares- como los horarios de vuelta, los lugares que visitan o las personas con las que se encuentran, y que definen sus trayectorias por el espacio y la conformación de sus marcos de socialización, se encuentran atravesadas por la preocupación por el delito que incide fuertemente en las decisiones que adoptan. Otra migrante llamada Estefanía, nos reponía escenas en las que había sufrido este tipo de situaciones:

- Hay muchos [robos]. Todos los días tenemos que llevar a los chicos... No llegamos hasta la escuela pero llevamos hasta [la parada del colectivo] 275. De ahí se van porque tenemos que llegar al trabajo (…) Ahí [los delincuentes] al que está pasando con carterita lo sacan y se escapan. Hasta a mí también me quitaron

-  ¿Te han quitado?

- Pero no tengo nada y le muestro pues. Encima nos muestra el puñalcito. El otro día ahí a mi lado también le sacaron el celular.

De esta manera, su elaboración en un registro de la vida familiar y vecinal lo vuelve un tema dramático que moviliza una serie de estrategias que se localizan en la casa y en la calle y que requieren diferentes grados de coordinación. Estas prácticas son similares a las que Auyero y Alvarez (2014) caracterizaron como expresivas de una “ética del cuidado” en su trabajo en dos localidades de la provincia de Buenos Aires: supervisión de los/as hijos/as, salidas grupales a tomar el colectivo, monitoreo de los movimientos familiares, cuidados de casas ajenas, entre otras.

En Altos de San Lorenzo evitar las salidas nocturnas o el tránsito por ciertas calles tanto como coordinar con otras personas para no caminar solas, son algunas de las más destacadas. En este sentido, el temor al delito evidencia su productividad asociativa, en la medida en que forma parte de una dinámica de interacciones intensas entre las migrantes. Asimismo, en las redes entre mujeres la problemática es tematizada de modo específico: se encadenan hechos, se identifican modalidades y actores, se establecen zonas y horarios de peligro, etc. Como se manifiesta en las diferentes citas expuestas, es especialmente a partir de sus posicionamientos como madres que estas estrategias tienen lugar.

Pita (2010) ha estudiado los procesos a partir de los cuales los/as familiares de víctimas de muertes producidas por la policía desarrollaron procesos de organización en repudio de esos hechos, situando así a la vincularidad –y especialmente a la maternidad- como una categoría política en la lucha contra la violencia institucional. En consonancia, otros trabajos focalizaron en la dinámica que posibilita que ciertos asesinatos adquieran gran notoriedad, activando procesos de movilización colectiva (Kessler y Gayol, 2018). Este modo de elaborar la muerte como cuestión pública tiene un correlato en la creación de la asociación de migrantes de Altos de San Lorenzo e, inclusive, en la intervención de las autoridades consulares allí. Sin embargo, entre las mujeres con las que realizamos nuestro trabajo el modo de tramitar el asesinato –y la intervención posterior a partir de ello- fue otra.

La distancia y el relativo desinterés con las estrategias de la organización –nutrido, entre otras cuestiones, por la desconfianza de su eficacia- fueron un aspecto ineludible de la reacción que derivó en la  quema de las casillas de los presuntos autores del hecho. Pero también la existencia de ámbitos de intercambio entre mujeres, en los que la temática era abordada cotidianamente formando parte de su  producción.

Al igual que durante el rito fúnebre, en determinadas circunstancias las mujeres desplazan la responsabilidad de la policía y el poder judicial en el abordaje de la problemática. De esta manera, sitúan el conflicto (y a ellas mismas) en una relación de exterioridad con respecto a las competencias de las instituciones estatales, planteándolo como un problema de otro orden. No ligado a la realización de petitorios, reuniones y manifestaciones, sino similar a los cuidados que emprenden colectivamente.

En La nación en tiempo heterogéneo Partha Chatterjee (2008) reconstruye el proceso de surgimiento del nacionalismo en Asia y África. De acuerdo con su interpretación, mucho antes del inicio de la contienda independentista el nacionalismo forjó su propio espacio de soberanía dentro de la sociedad colonial dividiendo el mundo de las instituciones y las prácticas sociales en dos campos: el material (relativo al mundo del Estado, la economía, el desarrollo tecnológico, etc.) y el espiritual (vinculado a los aspectos “interiores” de la vida de los sujetos). Ante esta dualidad, los intelectuales anticoloniales definieron al mundo “interior” como ámbito propio, desarrollando un programa que, si bien no cuestionó en un principio al orden imperial, forjó las bases para las reivindicaciones que estructurarían la lucha por la independencia.

Chatterjee realiza su planteo para discutir la concepción que atribuye a los nacionalismos europeos el modelo de afiliación que luego será apropiado en el resto de las regiones del mundo, dando lugar a las adscripciones modernas. Su propuesta resulta valiosa para comprender los diferentes modos en que, en Altos de San Lorenzo, se definen límites que deslindan posiciones estableciendo el lugar propio en el que actúan los/as migrantes. Mientras que los integrantes de la asociación reclaman un ámbito de representación específicamente “boliviano” que eluda a las redes políticas locales en la vinculación con las autoridades estatales, las mujeres producen un espacio comunitario de intervención sobre la problemática; un espacio social propio, donde las instituciones del contexto de recepción no son la referencia primordial sino que la neutralización del conflicto depende de la propia colaboración entre migrantes.

Estos ámbitos funcionan de modo paralelo, pero también se solapan e imbrican. Los/as hijos/as conectan la intervención en nombre de un sujeto boliviano/a con las lógicas femeninas de elaboración de la identidad, pero estas formas de etnización no son excluyentes de la búsqueda de constituir la bolivianidad pública por medio de organizaciones. De hecho, las mujeres participan de las marchas y los varones de las dinámicas de cuidado y del intento de linchamiento.

Conclusiones

En este trabajo nos concentramos en reconocer un tipo de prácticas que no son consideradas por la agenda de la feminización de las migraciones. Prácticas emprendidas por mujeres que no cuentan con los recursos a partir de los cuales se construyen los modos de representación públicos de la pertenencia y que, si nos valiéramos de criterios rígidos o formalistas de lo político, se nos presentarían excluidas de las esferas inter e intra culturales de conformación de lo común. Sin embargo, encontramos que en ciertas dinámicas de socialización que se traman “fuera” de lo público se constituyen y movilizan cuestiones imprevistas desde su lógica, pero que, no obstante, pueden tener incidencia en él.

Las mujeres bolivianas de Altos de San Lorenzo constituyen redes de relaciones femeninas imbricadas en criterios de género que sitúan a la mujer como responsable del ámbito doméstico y al hombre en posición de proveedor y representante. En estas esferas femeninas elaboran un nacionalismo afectivo que se distancia de las modalidades reivindicativas que constituyen las asociaciones y colectivos que organizan festividades en el barrio y que son coincidentes con lo registrado por la bibliografía (Grimson, 1999; Gavazzo, 2004; Caggiano, 2005). Este modo -etnizado en términos nacionales (Grimson, 2009)- de desarrollar la cotidianeidad, tiene a la seguridad como una preocupación recurrente, a partir de la cual se desarrollan diferentes estrategias de cuidado. De esta manera, ante el asesinato de un joven, se ponen en funcionamientos los mismos sentidos y concepciones para abordar el problema que se constituyen en la propia trama que sostiene las identificaciones. El intento de linchamiento, de esta manera, se presenta como modo excepcional de las lógicas de cuidado que movilizan las bolivianas.

En síntesis, el artículo enfatiza que partiendo de  modos excesivamente esquemáticos de concebir lo público, la agenda de la feminización de las migraciones logró dar visibilidad a un tipo de experiencia migratoria, pero descuidó otras. Así buscamos destacar la heterogeneidad de género en la experiencia de la nación y en la movilización de la nacionalidad en distintos contextos de intervención.

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Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, Magíster en Sociología de la Cultura por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martin y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento; Docente en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata y Becario Postdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas  en el Centro de Investigaciones Sociales. Contacto: federodrigo@gmail.com

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[I] En este sentido, también encontramos un trabajo pionero de Elizabeth Jelin (1976).

[II] San Severino es patrono del Municipio de Tarata: en Altos de San Lorenzo, al igual que en la localidad boliviana, la celebración de su festividad se realiza el último domingo de Noviembre.

[III] Al igual que en muchos otros torneos de estas características desarrollados por migrantes en la Argentina, sólo se admite hasta dos “extranjeros” por equipo.

[IV] La venta directa es la comercialización de bienes fuera de un establecimiento comercial, directamente al consumidor, mediante la demostración personalizada de catálogos por parte de un representante de la empresa vendedora.

[V] Trabajos recientes como los de Mallimacci (2012) también destacan las limitaciones en las posibilidades de inserción laboral de las mujeres bolivianas.